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5. Bonita promesa

ojoManzur corrió con Sawda a cuestas, soltó una maldición y se guareció tras un viejo contenedor de basura. Una bala hirió la vieja pared del museo y salpicó polvo sobre la melena azul de Greco, que miraba hacia el callejón donde estaba el tirador.

-¿Por qué demonios se ha puesto así ese moro de mierda? -el pecho de la mujer subía y bajaba deprisa-.

-Mueve tu culito, monada, hay que salir de aquí cuanto antes -el sicario echó un vistazo por la esquina del contenedor y vio cómo Rashid y un par de yihadistas más salían a la carrera del museo-. ¿Qué pasa? ¿No te apetece dar un paseo por la ciudad?

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4. Un regalo de carne

corredor-oscuro-¿Tienes idea de quién viene de visita al museo?

-Una ligera sospecha, pero prefiero no comprobarla- dijo Greco.

Al final de la galería, en el hall de entrada al edificio, se oyó un estampido. Manzur se acomodó el delgado cuerpo de Sawda en el hombro y comprobó que la escopeta estaba cargada. Greco sacó un pequeño computador de bolsillo y echó a andar por un corredor lateral.

-¿De quién sospechas, monada?

-De un viejo amigo del Barón -Greco daba zancadas-. Y viejo amigo del Califa, para ser exactos.

-Eso son buenas noticias para mí -Manzur se detuvo-. Voy a saludarles de nuestra parte.

-No tienes ni idea de quiénes son.

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3. Un buen comité de recepción

manzur

A Manzur le costaba creer que Greco fuera una mujer. Se pasó la mano por la frente y pensó en las habladurías acerca de cómo Greco despellejaba a matones de barrio y pichones de coche tuneado. Miró a la mujer, se quitó la chupa de motorista y se la tiró.

-Detesto a la gente con doble moral. No eres tan diferente de mi, pintora de brocha gorda -dijo Manzur. Se pasó la lengua por la sangre que le resbalaba por la cara-. ¿Cuánto te paga el Barón por cada pellejo pintado?
-Lo mismo que solía cobrar tu madre: nada -Greco se puso la chupa y sonrió con dificultad, le dolía la cara-. Hay una gran diferencia entre nosotros, mulo. El motivo. Todo son motivos y protocolos en esta mierda de ciudad. Lo que yo hago, tiene un motivo, la justicia. También tiene un protocolo, la venganza.
-O has leído muchos comics, o el Barón te ha lavado la sesera -sacudió la cabeza-. Lo mío es más sencillo: toda vida tiene un precio. Algunos pagan por quitarla, otros por mantenerla.

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2. Un bastardo beato

pistolaAsí que aquella fulana se la había jugado. Primero en la casa de putas de Vallecas, a oscuras, y ahora en aquel agujero húmedo y maloliente. Manzur asomó por la trampilla del sótano y observó a la mujer. Tenía los ojos dorados y la corta melena de un violento azul metálico. No seguía la moda neomadrileña y parecía no tener implantes cibernéticos.

La mujer estaba sentada sobre la espalda de Sawda, con las piernas abiertas y la escopeta en la mano derecha. Miró a Manzur con una mueca de desprecio.

-La rata sale de su agujero- dijo con una sonrisa maliciosa.

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1. El asunto del Greco

Said Manzur no recordaba cómo había llegado hasta allí. Parpadeó sus ojos de color violeta y soltó una maldición, el-caballerodetestaba los imprevistos. Estaba en un cuartucho húmedo, de techo bajo e iluminado con una triste y anticuada bombilla. Ya nadie usaba bombillas, y menos para dar luz a lo que parecía el sótano de un viejo museo de arte. Tenía que salir de allí cuanto antes.

El hombretón se puso en pie, buscó sin éxito su revólver y miró un cuadro polvoriento que había apoyado en la pared. Era una escena oscura, en la que unos soldados fusilaban a un hombre vestido con una camisa blanca, y que parecía iluminado en medio de la noche. Era un hombre feo, de cejas espesas y ojos desorbitados, que alzaba los brazos con un gesto de dolor en la cara. Esa mueca invocó el ardor de estómago de Manzur.

Se sintió identificado con aquel infeliz. Se rascó la nuca y gruñó de dolor, tenía un bulto en el cráneo. Entonces recordó: alguien le había golpeado por la espalda cuando iba a… ¿Cuándo iba a hacer qué? Caminó a lo largo del sótano y pensó quiénes eran sus enemigos, qué bastardo podía haberle encerrado en aquella ratonera. La lista era tan larga que se desorientó, tropezó con un cuadro y clavó la pierna en el lienzo. Era la pintura de un gigante horrendo devorando a unos niños. Manzur estaba cabreándose como aquel salvaje.

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