Descendió los dos peldaños del autobús muy deprisa. Aterrizó en los adoquines de la acera de un salto y comenzó a correr hacia su portal. Sentía que una mano le oprimía el comienzo del estómago, como si alguien estuviera haciendo con el final de su esófago un nudo marinero y, una vez hecho, lo apretara hasta tensar bien la soga. Tenía que llegar cuanto antes a casa.

Al doblar la esquina de la calle Doctor Fourquet, casi se lleva por delante a un aprendiz de ciclista con casco, rodilleras, coderas y ruedines con su padre detrás, acordándose de toda su familia. Sólo pudo darse la vuelta y devolverles una mueca de disculpa, sin articular ningún sonido. Se había quedado sin aliento por la carrera.
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Te vas. Me dejas solo. En la mesa, migajas de pan, piel de melocotón y tu taza de café. Lo bebiste de forma apresurada porque tenías que irte a trabajar, a la jaula de oro. Por eso, entre risas cómplices, te dejaste el final. Levanto la taza y busco en ella la huella de tus labios.
El rastro del café me ayuda a encontrar el punto exacto donde se posó tu boca, donde se asomaron tus dientes, donde tu lengua se dejó estremecer por el calor y el intenso sabor de ese líquido negro que eleva al cubo tu atractivo y que a la vez me separa de ti. Pero no esta vez. Ahora él es mi aliado.
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He perdido tu calificativo
entre los adoquines del paseo.
No recuerdo si cuentas con tantalitas,
avellanas u hojas de eneldo
bajo la frente,
ni cuántos espasmos cobijo
cuando te bebes mi nombre.
Tienes razón,
quizá me esté haciendo mayor.
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Día extraño. Marruecos en Plaza de España a la una. Cuatro horas estudiando inglés. Odio los quantifiers. Celos. Te escribo. También a ella. Hablaremos mañana. Vaciarse o morir. Una mujer intenta entrar en el metro pero el conductor cierra las puertas sin darse cuenta (o todo lo contrario) de que ha pillado su guardapolvos marrón, de raso. Me detengo y observo la escena.

Una pena. Ella grita y hace aspavientos. El convoy arranca. Ella tira fuerte de su abrigo de primavera pero las bocas de las puertas no lo sueltan. La mujer desiste y ve cómo su abrigo se aleja, primero rozando con una manga el suelo del andén y después chocando contra el muro del túnel. “Hay cosas peores en la vida”, quiero decirle. No lo hago.
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Vivía a base de borbotones de felicidad. Una postal desde Dubrovnik, una visita inesperada al anochecer, un nuevo libro de poesía, carmín rojo en oferta. Sólo entonces sentía que todos los instrumentos de la orquesta producían una mezcolanza de sonidos armoniosa. El resto del tiempo oía en su interior notas desafinadas, sin ningún compás, melodías arrítmicas que generaban un gran agujero en su estómago, como en este preciso instante. Un momento.

Parece que Marcela vuelve a sonreír. ¿Por qué será? Se ha levantado del sofá, ha cerrado su portátil, se ha enfundado un delantal de lunares y se ha puesto a preparar unas tortitas con chocolate. “No son con chocolate, narrador. Son con sirope de caramelo, que hoy no viene Unai a merendar”.
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