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Enemigos

En esta ocasión nos detendremos en un relato del gran literato ruso Anton Chejov. Nuestra compañera Anagil escribió un breve perfil sobre el escritor que os invito a que releáis. El fragmento de hoy pertenece a Enemigos.

Columpio

El repulsivo terror con que suele hablarse de la muerte estaba ausente en el dormitorio. En la paralización general, en la postura de la madre, en la indiferencia del rostro del médico había algo atrayente, algo que conmovía el corazón, aquella leve y difícilmente asible belleza del dolor humano que aún no aprendieron a comprender y describir y que, al parecer, sólo la música sabe transmitir.

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Literatura

Concluye «Cacareos a las tres»

«Pues no se hable más, pero haga el favor de quitarse esa ropa tan rara que lleva, no me vaya a asustar a la clientela», repuso el anciano. Con esta frase ha finalizado nuestro primer twitter-relato: Cacareos a las tres. Una experiencia innovadora que esperamos que os haya gustado y que, sin duda, vamos a repetir en futuras ocasiones. Desde el 23 de marzo hasta ayer 5 de mayo, nuestra editora Aan ha estado ofreciéndonos dos dosis diarias de esta intrigante historia. Ayer conocimos el final y hoy ya tenéis a vuestra disposición la versión íntegra del relato:

***VERSIÓN ÍNTEGRA DE CACAREOS A LAS TRES***

***TWITTER DE RELATOS DEL MUNDO DE WAYNE***

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De puño y letra » Literatura

Versión íntegra de «Cacareos a las tres»

gallo03El cacareo de un gallo explotó en la habitación. «¿Dé dónde ha salido ese gallo?», pensó Tristán malhumorado mientras se desperezaba.

A ciegas, Tristán buscó el interruptor de la lamparita. Pero su mano ni siquiera encontró la mesilla. «¿Estaré tumbado boca abajo?», pensó.

Decidió levantarse y dirigirse hacia la ventana para ver si había amanecido. Intentó descorrer las cortinas pero éstas habían desaparecido.

«Quizá Julita las echó a lavar ayer, aunque yo juraría que anoche estaban puestas», pensó Tristán mientras trataba de subir la persiana.

Tampoco estaba la cuerda de la persiana. Los dedos de Tristán comenzaron a recorrer despacio los bordes de la ventana.

«Esto no es aluminio», exclamó en voz alta para ahuyentar la extraña sensación de miedo e impotencia que comenzaba a anudarse a su estómago.

En lugar de la suavidad del aluminio blanco de Climalit, Tristán se encontraba ante unas rústicas contraventanas de madera.

Empujó con suavidad las hojas y un tétrico chirrido acompañó a su movimiento. Sin dejar de temblar, Tristán se asomó a la ventana.

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