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La revolución anónima

Podíamos ser cualquiera. Podíamos ser todos y todas. Nuestro padre, nuestra madre, nuestro hermano. La calle ha adquirido un nuevo significado. La plaza pública es hoy, en muchas ciudades de España y del mundo, espacio de debate y asamblea, de solidaridad y cooperación entre iguales, que se sienten unidos y unidas por el deseo de cambio y la esperanza. La situación política, social y económica exigía un levantamiento. Héroes y heroínas anónimos ocupan el lugar que les corresponde y han tomado la palabra; para ofrecer respuestas, para gritar soluciones.

El movimiento, que ha saltado de manera definitiva a la palestra de la opinión y la visibilidad pública el 15 de mayo, no es un movimiento espontáneo, ni siquiera juvenil. Es una revolución social que nace de las entrañas de una sociedad que ha visto como el supuesto estado de bienestar se ha evaporado en favor de poderes económicos alejados de la mayoría. Intereses económicos y políticos han confluido para transformar una supuesta crisis en una estafa global sin precedentes.

La desigualdad y la exclusión social se han disparado en los últimos veinte años hasta el límite de los soportable. Las sociedades desiguales han demostrado a lo largo de la historia ser las más vulnerables a la crisis y el descontento. Cuando el poder se concentra en pocas manos, las manos vacías saldrán a la calle a reclamar, no su parte del pastel, sino el pastel entero. Es la democracia de la mayoría. La democracia real.

LA AGITACIÓN TECNOLÓGICA DE LA INDIGNACIÓN

El estado de malestar palpita desde hace meses en Internet, en un país con una tasa de desempleo (20% de la población, 45% entre los jóvenes) y una pérdida de derechos y prestaciones sociales sin precedentes. La frustración ha desembocado en una indignación generalizada. La protesta se ha gestado, fortalecido y galvanizado en Internet y las redes sociales. Estas se han convertido más que nunca en red de unión y confluencia de movimientos y personas de muy diversa clase y condición, pero con un denominador común: la indignación ante la estafa global. El poder de movilización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ha quedado demostrado una vez más. Ni siquiera el intento de control gubernamental y mediático de los mensajes ha impedido la difusión viral y permanente del contenido de la protesta hasta convertirla en un movimiento global. Primero, otras ciudades españolas y después a nivel mundial, encontramos personas y organizaciones que han compartido y apoyado las demandas democráticas del movimiento. El caldo de cultivo ‘low cost’ que ofrecía Internet ha sido un aliciente más. Ahora solo puede crecer la fuerza. Es un hecho constatado que las redes sociales son autosuficientes y sostenibles cuando alcanzan un nivel elevado de conexiones. Esa es su fuerza. La interconexión fortalece el sistema, perpetuando su impacto y visibilidad. El ciberactivismo solo consigue dar el salto ‘del click a la calle’ cuando cuenta con la masa suficiente para que sus acciones cuenten con el respaldo y la repercusión de una mayoría crítica de contestación.

LA MOVILIZACIÓN DEL MALESTAR

La población hastiada del sistema político y de las concesiones a los poderes tácticos de los mercados financieros se ha levantado del sofá del conformismo. Siempre ha existido la crítica constante a la inacción de población ante el desfalco económico y social del mercado. Ahora la calle es el escenario del malestar. Las personas han ocupado el espacio público reservado al exhibicionismo capitalista, para convertirse en transmisores del la indignación. Los medios de comunicación, acostumbrados a la dialéctica de las caravanas electorales, se han encontrado con un movimiento heterogéneo en el que confluyen la indignación y la esperanza de cambio. Los partidos mayoritarios tienen miedo. Un pueblo crítico es menos manejable, más subversivo y, sobre todo, más peligroso y contestatario. La democracia real es enemiga de un poder construido sobre la base de la supuesta invulnerabilidad de representantes políticos alejados de la ciudadanía. La represión policial solo ha contribuido a fortalecer la movilización y unión de la militancia social. El tiempo dirá si el levantamiento social tiene el recorrido suficiente para no diluirse en el sistema de partidos actual. Una movilización que cuenta con la base de su fuerte componente democrático

EL SISTEMA ES EL CAOS

No hay desorganización en la revolución social surgida el 15 de mayo. Esta crítica nace de la derecha, mediática, social y económica, que equipara orden con sometimiento a sus reglas del juego. El caos lo crea un sistema que permite y favorece el mantenimiento de una desigualdad estructural entre las personas. La capacidad de coordinación y apoyo mutua de las personas movilizadas ha quedado demostrada. El apoyo mutuo y la solidaridad han permitido optimizar los esfuerzos y la capacidad de respuesta ante el avance de los acontecimientos. Las acampadas son un ejemplo de organización, nacida de la espontaneidad, pero consolidada por la entrega y el entusiasmo de miles de personas.

Solo queda esperar. El 15 de mayo ha significado un antes y un después en el activismo ciudadano. Las redes sociales han sido un medio de movilización, pero la esencia del compromiso reactivo de la ciudadanía se ha gestado y madurado por la desidia de los poderes políticos, que han preferido someterse a intereses privados frente a lo público. Por fin el pueblo les ha respondido, tomando la calle y la palabra.

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