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El fin de la partitocracia

Hubo un tiempo en el que no existían los partidos políticos. Llegará el día de su desaparición. Para bien o para mal, estas organizaciones no son eternas ni inmutables. Comenzaron como partidos de notables, plataformas para poner a ciertas personas en los parlamentos; mutaron en partidos de masas (fue su mejor momento); y ahora se han convertido en partidos escoba, meras empresas a la búsqueda de beneficios, sin importar quiénes sean los clientes.

Esta mañana, Esperanza Aguirre decía que la democracia española es una democracia sin adjetivos, frente a la democracia orgánica de Franco o la democracia popular del extinto bloque comunista. Se equivocaba.

La Constitución establece en su Artículo 1: “La forma política del Estado español es la monarquía parlamentaria”. Después, insiste: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política.”

Es decir, desde los cimientos se une deforma irreversible al Estado con los partidos políticos. No hay política sin partidos políticos. No hay democracia sin partidos políticos.

Por eso la Junta Electoral prohibió ayer la #acampadasol. Por eso las manifestaciones que no están impulsadas o apoyadas por los partidos son menos importantes que las que sí lo están. Por eso es virtualmente imposible que llegue al poder alguien ajeno a los partidos (excepto en pequeños pueblos).

Cuando se critica a los partidos, se critica la esencia del sistema político actual.

Decía ayer Iñaki Gabilondo que los partidos deberán cambiar de piel, transformarse para adaptarse a las nuevas exigencias ciudadanas. Yo voy un paso más y me atrevo a pensar: ¿y si desapareciesen? ¿Sería posible la democracia sin partidos políticos?

Para muchos, la respuesta inmediata es un rotundo sí. Pero históricamente donde no había partidos había poder absoluto, dictadura, represión… Desde el Rey Sol hasta Stalin y Franco. Es necesario articular un sistema que permita a los ciudadanos participar en los asuntos públicos. Pero no por codicia de dinero y poder, sino por pura necesidad política. Porque el ser humano es un zoon politikón: un animal social, político.

Los atenienses sorteaban los cargos; la participación no era un placer, sino una obligación. Y todavía definimos a la Antigua Grecia como la primera democracia del mundo. ¿Sería esto posible aquí ¿Cuántos aceptarían que la ley les obligara a dejar su trabajo durante cierto tiempo para dedicarse al bien común? ¿Cuántos que al término de ese periodo fueran sometidos a un tribunal para juzgar su labor?

Una posible solución podrían ser las agrupaciones de electores, a las que la Ley Electoral permite presentar candidaturas. Podrían ser diferentes en cada convocatoria, según los problemas y necesidades del momento. A diferencia de los partidos, que nacen con voluntad de permanecer en el tiempo, estas agrupaciones podrían extinguirse una vez conseguido su objetivo. Así, se eliminarían los políticos profesionales, verdaderos asalariados del partido.

Ésta ha sido la estrategia de Bildu. No es un partido político, sino una coalición de electores que se presenta a esta convocatoria. Es muy probable que en la siguiente ya no sea coalición sino partido o sus integrantes sean otros.

Si Democracia Real Ya o No les votes se constituyeran en agrupaciones de electores y se presentaran a las municipales y autonómicas ¿qué sucedería? Es tarde para comprobarlo.

Pero hay una realidad imposible de ignorar: hace 50 años (en los países democráticos) las personas con inquietudes políticas se afiliaban a un partido, hace 15 a una ONG, hoy fundan plataformas ciudadanas.

Autor de la fotografía: Mario Fernández

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