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Cacareos a las tres

En los meses de abril y mayo de 2009 en elmundodewayne.es llevamos a cabo nuestra primer «twitter-relato». Una experiencia novedosa de la mano de Aan, en la que en pqueños fragmentos de 140 carácteres al día, conocimos una historia titulada Cacareos a las tres. Aquí tenéis la versión íntegra:

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  • El cacareo de un gallo explotó en la habitación. «¿Dé dónde ha salido ese gallo?», pensó Tristán malhumorado mientras se desperezaba.
  • A ciegas, Tristán buscó el interruptor de la lamparita. Pero su mano ni siquiera encontró la mesilla. «¿Estaré tumbado boca abajo?», pensó.
  • Decidió levantarse y dirigirse hacia la ventana para ver si había amanecido. Intentó descorrer las cortinas pero éstas habían desaparecido.
  • «Quizá Julita las echó a lavar ayer, aunque yo juraría que anoche estaban puestas», pensó Tristán mientras trataba de subir la persiana.
  • Tampoco estaba la cuerda de la persiana. Los dedos de Tristán comenzaron a recorrer despacio los bordes de la ventana.
  • «Esto no es aluminio», exclamó en voz alta para ahuyentar la extraña sensación de miedo e impotencia que comenzaba a anudarse a su estómago.
  • En lugar de la suavidad del aluminio blanco de Climalit, Tristán se encontraba ante unas rústicas contraventanas de madera.
  • Empujó con suavidad las hojas y un tétrico chirrido acompañó a su movimiento. Sin dejar de temblar, Tristán se asomó a la ventana.
  • La noche le dio una bofetada. Segundos después, Tristán tuvo que agarrarse al alféizar para no caerse. Un nuevo cacareo del gallo le asustó.
  • Tristán miró su reloj. Eran poco más de las tres de la mañana. «¡Pero si es de noche! ¿Por qué demonios cacareas?», gritó furioso.
  • Sin entender qué había pasado con su ventana ni de dónde había salido ese gallo trasnochador, decidió volver a la cama y dormir un rato más.
  • «Seguro que todo es una pesadilla. Estaré soñando. Anoche cené mucho y eso no es sano», dijo en voz alta mientras se tumbaba en la cama.
  • Notó el colchón más blando y bajo que de costumbre, pero decidió no pensar más y, simplemente, cerrar los ojos hasta conseguir dormirse.
  • Lo último que escuchó justo antes dormirse fue un nuevo cacareo de un gallo. «Sólo eres fantasía. Habrás muerto por la mañana», musitó.
  • Mientras dormía, Tristán soñó que un enorme gallo con un reloj en el pico entraba por la ventana de la habitación y le observaba.
  • El gallo comenzó a acercarse a la cama y Tristán, asustado, se escondió bajo la sábana. El enorme animal seguía ahí, esperando.
  • De repente, el gallo comenzó a mover las alas para después quedarse completamente erguido y emitir un estridente cacareo. Tristán gritó.
  • «¡Agua va!», escuchó. Ese grito le despertó. Abrió los ojos. Había amanecido. Ni rastro del enorme animal. Pero eso no le tranquilizó.
  • Se encontraba en una estancia vacía con las paredes grises. Eran gruesos muros de piedra. Tristán miró al suelo.
  • Tablas de madera sin ningún tipo de brillo o acabado, de tamaño irregular, conformaban la superficie de la habitación.
  • Tristán cerró los ojos, contó hasta cien, despacio, muy despacio, y los volvió a abrir lentamente. Ahí seguían los muros de piedra.
  • Comenzó a pellizcarse con dureza el antebrazo izquierdo. Le dolía, mucho. No estaba dormido. Dejó caer su cabeza y reparó en su cama.
  • Era un jergón de paja tirado en el suelo, sin sábanas ni mantas. Miró hacia los lados. Ni rastro de las dos mesillas de noche.
  • Sin saber qué hacer, Tristán comenzó a llorar. Las lágrimas se mezclaban con temblores esporádicos. De repente, paró.
  • «¡Agua va!», volvió a escuchar. Como activado por un resorte, se dirigió hasta la ventana, de madera tosca, como el suelo.
  • El sol entraba por las rendijas. Tristán empujó las hojas y de nuevo tuvo que agarrarse al alféizar para no caer por la borda.
  • «¡Santo Di…!» murmuró, pero no fue capaz de terminar la frase. Un auténtico mercado medieval se mostraba, insolente, ante sus ojos.
  • Había puestos de pescado, frutas y verduras, carne, venta de loza, niños corriendo, mujeres llevando cubos de agua, burros caminando…
  • El sonido de su reloj digital de muñeca espabiló a Tristán. «Son las diez», exclamó. «Menos mal que no me lo quité antes de acostarme».
  • De un salto, se plantó en plena calle y sonrió. Estaba descalzado. No le importaba. Los niños que corrían también lo estaban.
  • ¿Por qué lleva esa ropa tan rara?», le preguntó un niño raquítico de unos diez años. Tristán se observó. Estaba en pijama.
  • «Es que voy disfrazado», le contestó. «Ah», le respondió el niño, y salió corriendo. «¡Espera!», gritó Tristán. «Tengo hambre».
  • «Pues sígueme», le contestó el niño sin dejar de correr, adentrándose en el mercado. Tristán decidió seguirle. ¿Qué otra cosa podía hacer?
  • El muchacho se detuvo frente a un puesto de pan. Aprovechó un despiste del tendero para robar dos panecillos, que arrojó a Tristán.
  • Justo entonces, el tendero vio los dos panecillos volando. «¡Al ladrón'», gritó, y Tristán y el niño empezaron a correr.
  • Cuando vieron que ya nadie les seguía, se detuvieron en una fuente, lejos del mercado. «¿Por qué has hecho eso, niño?», preguntó Tristán.
  • «Me llamo Lázaro, como mi padre», repuso él. «Ha dicho que tenía hambre, ¿no? Pues algo tendrá que comer, digo yo», añadió.
  • «Pero robar es un delito, Lázaro», contestó Tristán, completamente extenuado tras la carrera. «Toma, bebe un poco de agua».
  • «¿Quieres conocer a mi padre?», le preguntó Lázaro, mientras comenzaba a caminar. «Por qué no», le dijo Tristán, y le siguió.
  • Se detuvieron frente a una herrería. En ella vieron a un anciano trabajando penosamente en el yunque. «Es mi padre», dijo Lázaro.
  • «Padre, traigo a un amigo que nos puede ayudar», explicó el niño al anciano mientras entraba en la herrería. Tristán le siguió.
  • El anciano le miró. «¿Le gustaría ser mi aprendiz? Pronto moriré y alguien tiene que ocuparse de la herrería hasta que Lázaro aprenda»
  • El pequeño Lázaro miró anhelante a Tristán y le dio la mano. Sus ojos seguían escrutando su cara. «Le gustará el oficio», le indicó. Sonrió.
  • Tristán miró a su alrededor. Había cestos con espadas y herraduras y una especie de abrevadero para refrescar los objetos recién creados.
  • De repente, el gallo volvió a cacarear. «Qué pesado el gallo cegato», exclamó el niño. «¿Cómo», preguntó intrigado Tristán.
  • «Es el gallo de Eusebio, el pescadero. Nació sin ojos y no hace más que cacarear día y noche. Con él no hay quien duerma», dijo el anciano.
  • «¿Entonces se queda con nosotros?», preguntó el pequeño Lázaro. «La verdad es que siempre quise ser artesano», contestó Tristán y sonrió.
  • «Pues no se hable más, pero haga el favor de quitarse esa ropa tan rara que lleva, no me vaya a asustar a la clientela», repuso el anciano.

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