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Elecciones en México, ¿el fin de la alternancia?

Dime con quien andas y te diré de quien eres. El pasado 4 de julio se disputaron en México 12 gubernaturas estatales, 1.533 alcaldías y 508 diputaciones. El resultado de la contienda electoral fue la crónica de una muerte anunciada, a excepción de algunas muertes que sí sobresaltaron los ánimos por algunas horas, y el PRI ganó por goleada.

Según los resultados proclamados al día siguiente, el 5 de julio,  el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ganó la gubernatura de 9 estados, perdiendo Oaxaca, Puebla y Sinaloa, donde quien triunfó fue la polémica coalición Partido Revolucionario Democrático PRD)-Partido de Acción Nacional (PAN). Además, en alcaldías y diputaciones, el PRI también encabezó las listas electorales con el 36,68 %, quedando el PAN en segundo lugar con el 27,98% y el PRD rezagado con un 12,20%.

Esta victoria del PRI significa que el presidente de México, Felipe Calderón, perteneciente al PAN, queda en  el gobierno como figura simbólica y debilitada, pues, como se encargó de recordar Beatriz Paredes, presidenta nacional del  PRI, ahora su partido coaligado con el Partido Verde, tiene ahora el control del poder legislativo a través de su mayoría absoluta en el congreso y la gubernatura de X de 33  Estados. Será el PRI quien dicte la agenda”.

Con estos resultados electorales, (que contemplan una abstinencia de más del 50%),  mientras el PRI entona vitores triunfalistas de cara al 2012 (año de las elecciones presidenciales), el presidente nacional del PAN, Germán Martínez, dimite y las coaliciones ganadoras de Oaxaca, Puebla y Sinaloa esperanzan a una izquierda que celebra la derrota del tricolor (el PRI) en tres estados.

LECTURA DE CARTAS

La primera lectura de estas elecciones nos lleva a analizar porqué los votantes, que saludaron con clamor la llegada de la “transición” en el año 2000 después de 70 años de priismo (que Vargas Llosa llamó felizmente “la dictadura perfecta”), regresan al canto de sirenas del PRI.

La explicación más evidente es que la ciudadanía ha aplicado un voto de castigo al PAN, debido a la inseguridad y a la crisis económica reinante. Más de 20.000 muertos en lo que va de la guerra militar contra el narcotráfico del gobierno de Felipe Calderón son una deuda sangrienta. Además, la falta de transparencia, la impunidad y la corrupción no solo siguen vigentes, sino que escuecen más por la falta de salidas y la desigualdad en el país se ha incrementado. En palabras de Sergio Aguayo, en la mesa de análisis del matutino de la periodista Aristegui (clave para entender estos procesos electorales) “el PAN dilapidó en 9 años el capital moral y político acumulado (en 70 años de priismo)”.

Según otros análisis, no es que el PRI haya vuelto, sino que nunca se fue. De hecho, la polémica “victoria” electoral de Felipe Calderón en 2006, acusado de fraude frente a Manuel López Obrador, del PRD, sólo recibió sanción gracias a la aquiescencia y complicidad de la bancada del  PRI en el Congreso. “Ese gesto del partido desbancado de la Presidencia seis años atrás signó un pacto de colaboración, o echó al gobierno en manos del PRI, según se le quiera ver”-escribe Granados Chapa. Dentro de esta continuidad en las élites se podría hablar también de una continuidad en los negocios económicos.

Ahora bien, ¿por qué votar al PRI y no, al PRD, que en un tiempo se constituyó como una esperanzadora coalición de izquierda política? Como ya se puso de manifiesto en las elecciones intermedias del pasado 2009, las fracturas internas en este partido y  el oportunismo político de algunos de sus dirigentes pasaron factura. El Sol Azteca (PRD) ya no es lo que fue, hasta el punto de que su principal dirigente moral (y según seguidores presidente legítimo de México), López Obrador, recomendó votar por otro partido (el Partido del Trabajo).

Por debajo, o por encima, de todas estas razones, encontramos otras. Razones de tempo lento y estructuras largas, en las que el caciquismo y el neocaciquismo, el gremialismo, el patrón y el subordinado, el tráfico de influencias y el clientelismo continúan prevaleciendo en el campo y en parte de la ciudad. Por ejemplo, si el gremio de maestros veta a un candidato electoral en Puebla, este  aumentará sustanciosamente sus posibilidades de perder, como de hecho sucedió.

En este complejo panorama político mexicano, donde al tráfico de influencias se suma últimamente el de cabezas, los resultados del 4 de julio traen  lecturas tan posibles, tenebrosas y profundas como el pozo de Taxco, todavía indescifrado. Y así vino contando la revista Proceso, y así admitieron funcionarios y exfuncionarios del mismo Instituto Federal Electoral (IFE): El narco afectó el proceso.

Poco se habla de ello en un periodismo local amordazado y amenazado,  pero los candidatos a alcaldías, diputaciones y gubernaturas traen a menudo impreso el sello de una u otra facción de la delincuencia organizada, y el PRI se caracteriza por un “savoir faire” más discreto que el PAN.

A través de diputados, senadores, regidores, el crimen organizado se encuentra enquistado en la clase política con el propósito de monopolizar, disponer y alterar rentas, empleos, impunidad, información, privilegios. Para los políticos, tanto entrar como no entrar en el juego impuesto por los cárteles supone un riesgo evidente. De 2005 a 2010, un total de 21 legisladores locales y federales han sido víctimas de atentados, de los cuáles 12 murieron. La clase política en el poder se afana en señalar, que sus muertes “no son políticas” y que “no están vinculadas con el crimen organizado”

APUNTES. VIOLENCIA EN LAS ELECCIONES.

La violencia en estos comicios comenzó a dibujarse en la guerra sucia de la campaña electoral. El PRI y el PAN prepararon su arsenal de descalificativos y tretas a través de la manipulación de los Tribunales Electorales en Oaxaca y Veracruz (por hablar de los que trascendieron), y de espionaje telefónico ilegal que reveló a la opinión pública tales. En uno de ellos (presuntamente) se escuchaba, por ejemplo, al gobernador de Veracruz Fidel Herrera hablando de recursos y favores electorales.

Cuatro días antes de las elecciones de Tamaulipas,  el 30 de junio, Rodolfo Torre Cantú, candidato por la alianza PRI-PVEM-Nueva Alianza a gobernador del Estado, fue emboscado y asesinado. Según las encuestas, Rodolfo Cantú tenía asegurada por mayoría la gubernatura. La forma y el momento en que fue interceptado en la carretera, burlando escolta y dispositivos de seguridad, muestran que la información precisa para su muerte vinieron de muy adentro, ejemplificando como el narco “influye” en la política electoral de acorde a sus intereses territoriales.

Según cuenta Ricardo Ravelo, este asesinato “ocurre en el corredor Nuevo Leon-Tamaulipas donde los mayores carteles del país, el del Golfo y el de Sinaloa, se enfrentan con uno de los más sanguinarios: Los Zetas”. El gobierno federal, a través de la Procuraduría General de la República (PGR), se negó a atraer el caso en un principio, y las elecciones se realizaron conforme a lo previsto, sustituyendo sin empacho al excandidato ganador por su hermano. ¿?

El día de las elecciones,  estas fueron supervisadas por fuertes dispositivos militares y policiacos en todas las entidades, a excepción de Oaxaca y Aguascalientes, que no acataron estos protocolos de seguridad. En algunas entidades sureñas, las boletas fueron quemadas sin que nadie interviniera y en otras norteñas la delincuencia organizada y funcionarios del gobierno robaron urnas electorales,  pero según trascendió en los medios “todo transcurrió en normalidad y sin graves incidentes”

Lo que sigue en torno a las elecciones es la “judialización” de estas en algunos estados. Conforme a la ya clásica mexicana, los partidos perdedores sospechan de fraude en Durango y Veracruz, por lo que apelarán al Instituto Federal Electoral (IFE) que, por otra parte, tampoco se salva…

Fuente de la fotografía: http://i.ytimg.com

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