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La #flotilla mediática

«Israel sólo quiere contar su historia «. Las palabras de la cooperante española Laura Arual tras aterrizar en Turquía después de ser deportada por las Autoridades israelíes, reflejan el temor del Estado hebreo al alcance mediático de sus acciones ofensivas frente a la sociedad civil. El carácter internacional de la flotilla de la libertad convirtió una acción reivindicativa en la punta de lanza de un movimiento global más amplio, articulado a través de Internet.

Mucho se ha escrito sobre el ataque del ejército israelí al Mavi Marmara, con 750 personas a bordo, que desembocó en el asesinato de nueve activistas de nacionalidad turca. Esta iniciativa pretende, ante todo, visibilizar las consecuencias que el bloqueo de Israel a la franja de Gaza tiene sobre la población palestina.

En este breve artículo, me voy a centrar en el papel que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, en especial las herramientas 2.0, han desempeñado en la movilización y respuesta a los ataques del ejército israelí a la flotilla de la libertad, amplificando el impacto de la actuación y obligando al ejecutivo de Tel Aviv a movilizar toda su estructura de contrainformación y propaganda para evitar lo inevitable: Visibilizar sus acciones ofensivas ilegales en nombre de la seguridad del Estado.

En primer lugar, la flotilla contaba, desde que zarpó hace unos días desde Turquía, con un grupo de activistas que ofrecerían vía streaming una visión en primera persona de lo que ocurría en el barco. El seguimiento simultáneo a escala planetaria, permitió activar las redes de denuncia ante el acoso y la acción militar.

Desde el comienzo, cualquier persona con acceso a Internet, ha dispuesto de declaraciones, testimonios, materiales audiovisuales e, incluso, productos informativos elaborados y disponibles ‘recién salidos del horno’. Periodismo social y ciudadano que entraba en los circuitos alternativos y convencionales de información y comunicación, para alimentar informativos, tertulias y ediciones de diarios digitales, portales, blogs y, por supuesto, las redes sociales. Un movimiento global que ha permitido romper el tradicional silencio y complacencia ante violaciones flagrantes de los derechos humanos universales.

Por contra, podemos decir que el poder de movilización a través de las redes sociales se ha exagerado. Las personas apoyan causas desde casa, pero no se suman inmediatamente a iniciativas que impliquen un compromiso más allá de un doble click. Este compromiso ‘de bajo nivel’ puede ser perjudicial, ya que ofrece una visión distorsionada del poder movilizador. Es evidente que la fuerza es inmensa, pero hace falta más. Las redes sociales, en especial Facebook, son un elemento importante de difusión viral. Ayudan a difundir noticias, enlaces a información relevante  y eventos, colaborando en la respuesta y construcción de opinión pública alternativa a la convencional de masas. Sin embargo, como pudimos comprobar las personas que estuvimos en la manifestación de Madrid, la respuesta ciudadana disminuye cuando implica un compromiso más elevado. El pataleo en casa tiene más éxito que la marcha callejera. Al menos, para una parte de la población sensibilizada.

Tenemos el mundo al alcance de un click de ratón. La flotilla navegaba entre nuestra pantalla y el teclado. Hemos dispuesto de análisis, declaraciones, videos y fotografías de una infinidad de fuentes, contrastadas, pero también de dudosa fiabilidad. Hemos experimentado la dificultad de discriminar la información de la propaganda. En la vorágine, algo sigue fallando cuando la respuesta a la injusticia sigue quedándose en palabras y textos en lenguaje binario.

«Nos han requisado todo el material periodístico para silenciarnos, pero lo que han conseguido es todo lo contrario» David Segarra, periodista de TELESUR presente en el barco, resume así el poder del que disponemos cuando activamos todos los canales dispuestos para visibilizar la injusticia y la barbarie.

Silenciar un movimiento global en la Sociedad de la información es, hoy por hoy, una quimera.  La lucha continúa.

Fuente de la primera fotografía: The Guardian

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