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Sin prisa, pero sin pausa

Seguimos nuestra ruta descendente, paso a paso: todavía quedan muchos kilómetros para Kerala, y menos días para que expire nuestro visado. La primera paradita fue en Mysore, un “llego, pico, mato”, pero suficiente para deleitarnos con el mercado de frutas que había frente a nuestro alojamiento. Cada uno parecía especializarse en una: un pasillo solo de cocos, otro solo de platanos amarillos, verdes y rojos, sandías de todos los tamaños, limones, papayas y piñas. Por supuesto añadimos nuevos fichajes a la lista, como el Mosambi (un limón dulce) y la Woodapple (con sabor a turrón de yema). Sí, llevamos las semillas.

La siguiente estación Ooty: un paisaje de montaña con cientos de eucaliptos que perfumaban las calles y abastecían de un aceite terapeútico, y revistiendo los campos las plantaciones de té. Aquí eran famosos tanto el chocolate Homemade (casero) como el Chocolate Tea, que no llegamos a probar porque cerraban los garitos demasiado temprano para un par de españoles. Ah! y el tren Blue Mountain, que era una copia del toy train de Darjeeling… Al parecer los ingleses aprovecharon los sitios más frescos de la India para colocar esos trenecitos de paseo. Nosotros también disfrutamos a bordo de ese fresco tan escaso en el mes de marzo.

CHERAI BEACH

Seguimos bajando rumbo Kochi en una odisea de buses y transbordos en ciudades remotas y anodinas… desde las 9 am hasta las 8 pm que conseguimos dejar las mochilas de nuevo en una casita junto al mar, esta vez en Cherai beach. A pesar del nombre, a la mañana siguiente descubrimos que lo más interesante no era precisamente la playa, sino el lago y sus canales, los pescadores y las redes chinas, los pobladillos y sus gentes. Parecía que nos hubiéramos sumergido en el pasado. No había en aquellos senderos más blancos que nosotros, pero el ambiente no era hostil sino todo lo contrario.

Los niños se asomaban sonrientes para saludar, losa dultos más tímidos miraban y sonreían también…  Un pescador, que no sabía nada de inglés, aceptó a darnos un paseo en su canoa y creo que fuimos la risa de todos con nuestra cara de apuro cada vez que se zarandeaba aquel trasto. En el paseo junto al lago se estiliban varios tipos de pesca: con una simple caña de bambú, una red que lanzaban diestramente desplegándose como una manta en el aire y las famosas Chinesse net con un sistema rudimentario de poleas: un entretenido espectáculo cuando caía el sol.

De aquí cruzamos a Fort Kochi, famoso principalmente por las Chinesse net que ya habíamos visto en Cherai; sin embargo, lo que más nos entusiasmó fueron los mercados de peces frescos y marisco donde podíamos comprar y pedir que nos lo cocinaran en cualquier restaurante: ¡una dorada y camarones elegimos! La primera por 100 rupias y 30 cocinarla, los otros por 25 y 20 cocinarlos… un total de 175 rupias (algo menos de 3 euros). Luego, aprovechando el día, fuimos a un espectaculo de Kathakali, tradicional de Kerala: consiste en una mezcla de teatro, mímica, danza y música. Lo más llamativo son los maquillajes y el vestuario, además de la gesticulación facial tan meticulosa que hacen. No hablan, es un sistema de lenguaje corporal acompañado de percusión y de un señor que canta.

PAQUE NACIONAL DE PERIYAR

Nuestro proximo destino fue el parque nacional de Periyar. Los parques nacionales en India tienen una política muy restringida respecto a los permisos de entrada, puesto que varios de los que miramos solo ofertaban la posibilidad de entrar en jeep durante una o dos horas al día.

Al enterarnos de que en el de Periyar podíamos permanecer más tiempo, nos decantamos por él. Entre otros animales, hay tigres (que casi nunca se ven), leopardos, bisontes, ciervos y elefantes… pero en las 8 horas de trekking que hicimos, tan solo pudimos ver algunos monos y un bisonte. Como consuelo, quedaron huellas recientes de elefantes y sus excrementos allá por donde fuéramos. Ni los dos guías, ni el guardabosques con el rifle que nos escoltaba a los tres, nos dirigieron la palabra, aunque el paisaje fue compañía suficiente.

La parte positiva fue el alojamiento durante esos días, que disponía de una torre justo en el límite del parque, con unas extraordinarias vistas a éste. El dueño era un entusiasta de la naturaleza y de los animales, y al ver nuestro interés, nos avisaba cada vez que veía algún ciervo o manadas de jabalíes; e incluso por las noches, con su linterna, llegó a mostrarnos alguna especie difícil de ver, como el civet. Su intención en un futuro era que los animales se acercarán lo máximo posible a los pies de la torre y para ello colocaba árboles frutales alrededor. Cabe mencionar de forma especial al kingfisher, un pájaro que en la India se ha utilizado como logotipo en la marca de cerveza más famosa, en agua mineral y en una compañía aérea muy potente… ¡un auténtico monopolio!

Los viajeros: Esther y Gerardo.

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