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México armado: la guerrita que crece III

Viene de: México armado: la guerrita que crece II

Desde que el 30 de enero fueran asesinados 15 jóvenes en una fiesta de Ciudad Juárez y el presidente Calderón declarara desde Tokio: “seguro que era una ajuste de cuentas entre pandillas”, la atención mediática se ha centrado en ellos: en los jóvenes. Esos jóvenes muertos en Juárez no eran pandilleros, sino estudiantes y deportistas, ¿pero y si lo hubieran sido, merecían morir?

Dos debates sociales se entrecruzan en la sociedad mexicana. ¿Qué futuro les espera a nuestros jóvenes ninis? (Ninis, nuevo término posmoderno: ni estudian ni trabajan).  ¿Qué papel juegan los jóvenes en la lucha contra el narcotráfico: drogadictos, narcomenudistas, sicarios o víctimas?

La diferencia imaginaria, en cierto modo real, en México entre los jóvenes sin estudios y sin trabajo o jóvenes con estudios y con trabajo es que los primeros tienen más riesgo de ser captados por carteles de la droga para operar como narcomenudistas, transportistas, mulas, sicarios, empacadores, carne de cañón.

La realidad es lacerante: la migración y la economía irregular se convierten en las únicas opciones de vida para muchos sectores sociales. Al cerrar la frontera a narcóticos, también ha aumentado el mercado interno de drogas marginales y, absolutamente, destructivas, como la piedra. Al norte elegante llegan las drogas más puras y, por supuesto, más caras.

LAS VÍCTIMAS

La opinión pública, que en un país de pobres criminaliza la pobreza, es sensible a las diferencias de clase, pero cada vez se destapan más víctimas de una exigua clase media, inocentes. A las fuerzas armadas, en pleno combate, le importan menos las diferencias de clase. Los jóvenes y niños, convertidos en daños colaterales de una guerra sin cuartel, están ahí. Mientras el tejido social se destruye, el clima de impunidad militar comienza a alarmar a todos.

El 22 de marzo fueron asesinados por soldados del ejército dos estudiantes del Tec de Monterrey cuando salían de la biblioteca y se toparon con una balacera. Soldados del Ejército los confundieron con sicarios. Nadie avisó a la familia de los estudiantes muertos. 48 horas después, la madre de uno de ellos acudió a la Procuraduría General de Justicia, donde le dijeron que su hijo de 19 años estaba muerto porque era sicario. La identificación de los jóvenes se “había perdido” y los resultados de la necropsia permanecieron ocultos. La clase política de la entidad cerró filas en torno al caso, e incluso publicó en los periódicos un panfleto a favor del Ejército. Días después intervino el Tec de Monterrey, una institución de élite, apoyando, menos mal, a la familia. Su rector con apesadumbrado realismo señaló que no le correspondía a él investigar, que el caso sería turnado al Fuero Militar, y ahí tal vez se perdería.

En abril, los niños Bryan y Martín Almanza Salazar, de cinco y nueve años de edad, también fueron asesinados en un retén militar de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Fue otro error de las fuerzas armadas, apoyadas por el gobernador de la entidad: lamentaba el incidente, pero la labor de las Fuerzas Armadas era encomiable.

La pregunta es, ante la irresponsabilidad militar, el miedo, el dolor y la rabia ¿Crecerá el silencio o la protesta?, ¿Qué pasará con las familias de víctimas inocentes?

Fuente de la fotografía: rnw.nl

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