Ayer tenía ganas de pensar. Pensar sobre Polonia y los polacos. Pensar sobre su ya fallecido presidente Lech Kaczynski, esposa y demás víctimas -en total 97 personas- en el accidente acaecido en Smolensk (Rusia) el pasado sábado 10 de abril. Pero no tenía ganas de introducirme en las posibles hipótesis de lo sucedido.

La prensa, la conversación, la Red… todo estaba encaminado a responder al making off de la catástrofe. Yo no quería perderme el inexplicable placer que produce acercarse con humanidad a Polonia, a los Polacos. Miré esta fotografía y comprobé que lloraban.
También observé el rostro de quien vio pasar el cuerpo de Kaczynski por la ciudad de Varsovia y descubrí que sufrían. Y junto a estas dos acciones, intenté analizar la reacción política polaca pocos días después del sábado y aprendí de su honestidad, lealtad, rectitud y ciudadanía.
Diez segundos después, me cubrí el rostro… miré a España, observé nuestra dispersa, sucia y enturbiada moralidad y me dí cuenta que no podríamos reaccionar con tanta humanidad.
Fuente Fotografía: AP
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