A Sonia un día el diablo vino a verla. Un millonario (“un capitalista de la cabeza a los pies”, cuenta ella) se alojó en la habitación de su casa reservada a turistas. Desde el principio le extrañó que en vez de brujulear por las noches, como la mayoría de los viajeros solos, prefiriera quedarse cenando con ella.
Aprovechaba entonces para pedirle detalles de sus recetas, paladear sus zumos, descubrir si la fama de buena cocinera que la precedía, era cierta.
Un día, cuando le quedaba una semana para marcharse, le contó la verdad. Pensaba abrir un restaurante caribeño en Roma y estaba buscando chef. No quería un cocinero de escuela, sino una cubana con talento, que llevara delantales con aguacates dibujados y tuviera una cotorra cantando en la terraza. Y Sonia se miró los tomates de su delantal, que quizás también valieran, y le echó una ojeada azorada a la cotorra, o mejor dicho al bulto de plumas con una sola pata que dormía en la jaula. Y oyó a medias algo de ganar una fortuna, y tener un apartamento en Roma y de que los papeles no eran un problema porque él se iba a encargar de todo……
No tendría que “inventar” más. Ni estrecheces, ni autoestop, ni mercado negro, ni estraperlo, ni odas al comandante, ni sujetadores de segunda mano, ni socialismo…. No tendría que teñirse más el pelo con agua oxigenada, podría ir al teatro, comer chocolate todos los días, coger un taxi. Durante toda la semana se imaginó en los probadores de los grandes almacenes, mandando largas cartas un poco condescendientes y piadosas a los que se habían quedado en la isla. Soñó todo lo que tenía que soñar y después le dijo que no. Y por su voz, y por su aspecto, y porque balbuceaba algo de que quería quedarse con su marido, y porque estaba llorando cuando se lo dijo, parecía la escena de una telenovela barata. Pero no lo era.
Un mes después de marcharse el empresario, le llegaron dos cajas de bombones y una tarjeta con un número de teléfono. Se las comió de un par de sentadas, pero no telefoneó.Semanas después, la vecina la avisó de que había una conferencia para ella. Desde el otro lado de la línea, el hombre, que ella imaginaba, quién sabe por qué, vestido de frac, le preguntó si le habían llegado los chocolates. “Ni los abrí”, respondió ella. Y los dos se echaron a reír por la mentira.
Fuente de información: vocaciontemeraria.wordpress.com
Fuente de la fotografía: http://blog.podcaster.cl
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