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Descendió los dos peldaños del autobús muy deprisa. Aterrizó en los adoquines de la acera de un salto y comenzó a correr hacia su portal. Sentía que una mano le oprimía el comienzo del estómago, como si alguien estuviera haciendo con el final de su esófago un nudo marinero y, una vez hecho, lo apretara hasta tensar bien la soga. Tenía que llegar cuanto antes a casa.

prisa

Al doblar la esquina de la calle Doctor Fourquet, casi se lleva por delante a un aprendiz de ciclista con casco, rodilleras, coderas y ruedines con su padre detrás, acordándose de toda su familia. Sólo pudo darse la vuelta y devolverles una mueca de disculpa, sin articular ningún sonido. Se había quedado sin aliento por la carrera.

Consiguió llegar a su portal. Sólo tenía que escalar 35 escalones y por fin podría respirar. Deseaba no encontrarse con ninguno de sus vecinos en el tramo que le separaba de su casa. El nudo se había tensado tanto que comenzaba a sentir las primeras náuseas. Por primera vez en el día, tuvo suerte, no tropezó con nadie. Introdujo la llave en el hueco de la cerradura en el tercer intento –los dejos no dejaban de bailar-, abrió la puerta, arrojó la mochila al suelo, cerró la puerta y continuó su carrera hasta la habitación. Abrió el primer cajón de su mesita de noche, sacó la fotografía del cajón, se tumbó con ella en la cama deshecha y sonrío. El nudo comenzó a aflojarse mientras susurraba entre dientes: “Me ha robado el corazón una fotografía”. Una risa maldita escapó de su garganta y, acto seguido, rompió a llorar.

Fuente de la fotografía: Arandanilla

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1 Comentario

    • Omega
    • el 1/03/2010 a las 12:05 pm

    ¿Y por qué tenía tanta prisa?