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La ciudad del esclavo rico. El pueblo del pobre libre

Cuando el del pueblo o ciudad pequeña va a la gran ciudad, experimenta un “vértigo”. También lo siente el de la capital cuando se traslada al medio rural. Ambos coinciden : “es bonito, pero yo no podría vivir aquí”. Un mismo pensamiento para dos sensaciones absolutamente opuestas.

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El de pueblo siente que le rodea demasiado movimiento, demasiada gente, demasiada complejidad. El de ciudad considera excesivo todo lo contrario: la quietud, la falta de actividad, la tranquilidad, la ausencia de población, la carencia de cosas para hacer, en las que perder el tiempo.

Pero estas sensaciones esconden un misterio mayor. No es sólo una cuestión de inadaptación por costumbre a tamaños sociales y arquitectónicos “que no son los nuestros”. Detrás de todo ello hay una cuestión de modelo vital mucho más sutil, que contiene el quid de la organización social y de la historia del hombre como ser que necesita a otros hombres.

EL NACIMIENTO DE LAS CIUDADES

¿Cómo y por qué surgieron las grandes ciudades? ¿Por qué no terminan de agonizar los pueblos? Si nos detenemos por un instante en el origen, obtendremos que las ciudades son grandes agrupaciones de vencedores y esclavos; los pueblos, reductos de hombres libre.

Existe un mínimo modelo de organización social que se repetiría una y otra vez (pongamos el caso hipotético de un gran desastre mundial que dejara apenas unas decenas de seres vivos en un territorio). Ese grupo, con el tiempo, va definiéndose con lazos que generan una identidad, como factores geográficos, cultura, raza (muy importante sentirse parecido a los demás), religión. Su economía se basa en un reparto básico del trabajo y en el intercambio de objetos y servicios (trueque). Es lo que se puede llamar “pueblo o poblado”.

Pero la ciudad es otra cosa. El poblado parte de relaciones más igualitarias. Aunque es fácil imaginar casos de esclavitud por intercambios en grupos pequeños, es difícil la convivencia si esta esclavitud se lleva a extremos crueles, a aprovechamientos desiguales. En los núcleos indígenas, no hay diferencias económicas insalvables entre la “élite” y la “plebe”, no hay situaciones en las que tras una generación no puedan “volverse las tornas”. Suele haber la figura del “cacique”, el jefe del pueblo, que impone su propia ley, y que con tradiciones y generaciones puede acumular riqueza. Pero nunca será elevada si no tiene una gran cantidad de gente trabajando para él, algo que nos lleva a la ciudad, a necesitar una mano de obra mayor a la que encontramos en el ámbito del pueblo.

Las ciudades, en cambio, están edificadas sobre la diferencia de clases. Las grandes urbes son agrupaciones en las que viven grandes colectivos de personas que trabajan para un pequeño grupo de personas. Esa oligarquía, a través de los tiempos, suele vivir en la mejor zona de la ciudad, cerca de los edificios donde se ejerce el poder, emplea al resto de la gente, bien de manera remunerada (asalariados) bien sin remuneración (esclavitud). Sus negocios se basan en grandes producciones que necesitan mucha mano de obra. Y siempre ha habido, hay y habrá gente necesitada. De todo ello hay abundante teoría desarrollada desde la revolución industrial a nuestros días, por todos los pensadores que originaron el nacimiento del socialismo, comunismo y en general también todos los movimientos sindicales.

Toda esta población obrera se asienta en los extrarradios. Las ciudades crecen gracias a todas esas masas. Sus salarios permiten la aparición de otros negocios para darles servicios. Allí comienza la especialización. Lo primero, claro está, suele ser la alimentación, pero pronto la élite descubre que no sólo hay que cubrir las necesidades básicas.

Las masas son peligrosas por su número y la fuerza que ello conlleva. No es bueno que no hagan otra cosa más que trabajar para el patrón y descansar, porque cabe el riesgo de pensar y conspirar. La fórmula “Pan y circo” funciona desde hace miles de años. Pero eso permite el desarrollo de las Artes. Con los años, las ciudades van aumentando su complejidad. Calles, redes de alcantarillado, agua corriente, iluminación, teléfono, redes de transporte, instalación de gas a domicilio, wifi, coberturas sociales…

Mientras, en el pueblo, continúa un modelo mucho más sencillo. Los niveles de riqueza ni si quiera se aproximan a las rentas per cápita de las ciudades. Prosigue en el medio rural una economía muy pegada al territorio, basada en la de subsistencia, por mucho que ahora también posean banda ancha (los pocos) o casas de turismo rural. No existe el vasto abanico de oportunidades laborales que ofrece la ciudad, porque no hay tan alto grado de especialización. Tampoco son accesibles espectáculos, o la posibilidad contacto directo con abundantes interesantes mentes pensantes (aunque sólo sea por cálculo de probabilidades). La gran mayoría suelen trabajar para ellos mismos o negocios familiares. No hay pérdida de tiempo en los desplazamientos habituales. Sus necesidades cotidianas son más reducidas que la gente de ciudad, a fuerza de tener menos oferta.

En el poblado, la ley es ancestral, basada en la experiencia, también en la superstición, pero va íntimamente ligada a las raíces y vivencias que ha tenido ese grupo. Su respeto se basa en la tradición y el respeto a las costumbres, mucho más vinculado a la moralidad y a la integración del individuo como miembro del grupo. En la ciudad, la ley varía dependiendo del grupo que esté en el poder. Se adapta evidentemente a las élites. Su cumplimiento se hace a la fuerza, por cuerpos de seguridad que obligan a ello ya que no suele darse un sentimiento íntimo de cumplimiento de la ley por parte de cada individuo.

Un buen ejemplo de todo esto es la película “Apocalypto”. Allí se observa con claridad como una sociedad indígena, organizada por familias o grupúsculos que se reparten el terreno, puede pasar a ser una sociedad urbana gracias a la construcción de una pirámide para honrar a un dios.

Una élite consigue (no adelantamos el modo) poner en marcha el proyecto de crear un gran edificio para los dioses. Pero necesitan mano de obra, que se consigue, en este caso a la fuerza. En torno a los numerosos esclavos que se concentran para su construcción, se crea un “sector servicios” que va desde vendedores de baratijas a prostitutas, pasando por algo así como actores o charlatanes.

Queda en el interior de cada uno ver qué modelo es el que mejor se adapta a su concepto de felicidad. Superando costumbres, educación, y pasado, lo importante es tenerlo identificado, antes de que nos invada la corriente en la que solemos dejarnos llevar, antes de que no sepamos donde se encuentra la felicidad que buscamos.

Fuente de la fotografía: blogs.nortecastilla.es

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3 Comentarios

    • Tere
    • el 10/02/2010 a las 10:06 am

    Estoy de acuerdo, pero no creo que sean tan fácil como identificar «el modelo de vida», porque la vida en el campo muchas veces no te da para comer ni siquiera y por eso también la gente se va…sobre todo la gente joven, por falta de oportunidades…a mi me encantaría vivir en el campo, pero de qué? la agricultura y la ganadería no dan beneficios (más bien pérdidas), tampoco la artesanía, ni las típicas tiendas de pueblo…si alguien tiene la fórmula que me la cuente que me apunto!

    Hablo por experiencia propia, en mi pueblo la gente que hay son personas mayores que no tienen que pagar una casa y que con sus pensiones sobreviven, o gente que ha ahorrado y se ha retirado al campo…la gente joven se va a las ciudades más cercanas…y la ganadería sólo da pérdidas, porque aunque quieran o no la mano de la sociedad llega también allí, porque les afecta la economía y la ley del mercado…

    Perdón si he dicho alguna burrada pero estoy dormidita esta mañana…
    Feliz día!!

    • Sara
    • el 12/02/2010 a las 9:55 pm

    Me gusta mucho la idea de la última frase: «Queda en el interior de cada uno ver qué modelo es el que mejor se adapta a su concepto de felicidad». Porque al final, lo que tenemos que tratar es eso: buscar el ambiente en el que más felices nos encontremos.
    Estoy bastante de acuerdo con el articulo, el pueblo y la ciudad parecen estar separados no solo por el espacio sino también por el tiempo, ya que el medio rural sigue anclado en particulares costumbres aprendidas de generación en generación, basadas sobretodo en la agricultura y ganadería; algo que muy poca gente valora o disfruta (una autentica pena). En la ciudad, en cambio, se sigue un vertiginoso ritmo de vida al que llamamos evolución y desarrollo, lleno de servicios que no podemos apenas disfrutar porque ese desarrollo nos ha llevado a estar hipotecados…
    A nivel social, no veo tanta diferencia: al final todos queremos ser aceptados en un grupo y en mayor o menor medida tratamos de hacer lo «correcto»; a veces por nuestra propia ética y otras por el qué dirán… Eso no cambia! Y en todas partes hay «casas ricas», clases medias, trabajos con más renta y con menos.
    Cada uno que elija lo que mejor le parezca o convenga… Para mi lo ideal es una combinación de ambas y saber estar a gusto en los dos ambientes, hay que saber adaptarse! Porque tan cateto es ir a la ciudad con la cuerda de empacar a modo de cinturón, como ir con tacones al pueblo.

    • Doña Col
    • el 15/02/2010 a las 10:19 pm

    Sólo el título del artículo ya da pie a numerosos debates. Habrá quien se pregunte si el agricultor o el ganadero no son esclavos del campo o de sus animales para sobrevivir, igual que lo pueda hacer el oficinista o cualquier empleado en la ciudad.
    Pero más allá de eso, yo creo que la verdadera libertad está en la tierra, en la naturaleza y en los valores que viviendo en contacto con ella se aprenden. Unos valores basados en el respeto y la escucha al pasado, que son los que nos permiten estar donde estamos.
    En la ciudad no se valora nada, todo tiene fecha de caducidad, todo nos quema en las manos cuando hace unos pocos años que lo tenemos, y por supuesto, si mi vecino tiene algo mejor, yo no voy a ser menos.
    En el medio rural, lo viejo, lo añejo, lo legado, tiene un sabor especial y por eso es más especial y más valorado y cuidado. Se valora lo que viene de nuestros antepasados y el trabajo que costó conseguir cada hectárea de tierra, cada metro cúbico de agua para regar los campos, cada ladrillo de adobe para levantar las casas.
    Creo que esto está muy relacionado con la felicidad a la que se alude al final del artículo. En la ciudad, hay gente que basa la felicidad en sus posesiones (y si no que se lo pregunten a los bancos y a los que permiten los créditos e hipotecas para comprar segundos-terceros coches o viviendas). Algo que por otra parte supone una gran paradoja, porque en realidad, luego este exceso material conlleva más preocupaciones que alegrías.
    En el medio rural no te hacen falta grandes posesiones para disfrutar de una vida llena de placeres, quizás los más pequeños pero también los más reconfortantes,probablemente.