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El periodista kosovar que vendía exclusivas a precios de calderilla

Empezó como traductor de albanés y de serbio. Hasta que un día, viendo tan perdido en Pristina a un flamante reportero estadounidense de un gran medio de comunicación, se ofreció para echarle una mano en la producción. Sólo horas después entregó al plumilla anglosajón un folio con direcciones y teléfonos. Por supuesto, tuvo que traducirle algunas siglas y situarle en el mapa cada uno de los lugares mencionados.

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Después, le hizo las llamadas, le concertó las citas, le transcribió las entrevistas, le sugirió nuevos enfoques y le subrayó con un lápiz rojo las mejores declaraciones. Esas mismas que después fueron escritas en caja alta en la sección “Mundo” de aquel prestigioso periódico de ultramar.

Como le pagaron en tres días, lo mismo que gana trabajando un mes en su gaceta, el periodista kosovar se ofreció para nuevos encargos en el futuro. “La guerra”, decía, “también puede ser una materia prima en una tierra que no parece tener mejores frutos”. Desde entonces, era frecuente verle salir corriendo de su mesa de redacción para recibir a un grupo de reporteros extranjeros vestidos como para ir de safari. Rápidamente, como si se tratara de una escuela de idiomas, les ponía una nota. Algunas preguntas sobre el desarrollo de la guerra, los cargos políticos y la actualidad del conflicto, servían para su diagnóstico inicial. A veces bastaba sólo verles cómo se ataban los cordones de sus botas Pánama Jack.

Pasaron dos, tres años, y las crónicas del periodista kosovar ganaban en aplomo, en profundidad, en ironía. Grandes artículos propios que pasaban desapercibidos entre un pueblo bastante pobre, bastante cansado de la guerra y que para ver muestras de la corrupción imperante sólo tiene que echar un vistazo a su alrededor. Su sueldo no aumentó una pizca, por lo que los periodistas extranjeros seguían siendo bienvenidos. Siempre que iba a su primera entrevista con uno de ellos hablaba de los artículos que había publicado –sin que su nombre apareciera en ningún sitio, por supuesto- en las más importantes cabeceras del mundo. Me dijo que no le creían demasiado –”hay tanto fanfarrón suelto en este mundo”- y él no insistía porque no quería dar impresión de colgado. A veces los periodistas escribían directamente lo que él les contaba, lo que él describía. Después de haberle sacado el jugo, los reporteros extranjeros, sin moverse de su silla,  le rebatían sus historias. Como queriendo dejar bien claro que ellos tenían también sus propias ideas. No fuera alguien a confundirse sobre el verdadero autor del texto.

Me contó todo esto tomando una copa en un bareto medio “cool” de Pristina. “Hay de todo por ahí, pero mi experiencia general es ésta”. Yo le miré con cara de estupor sin poder evitarlo. Pero él se reía con su paquete de tabaco Marlboro y su copa de Martini, ganada con su sudor y buenas ideas. No parecía ultrajado porque nadie supiera de su existencia tras años de cobertura en la sombra.  Él vivía, digno y auténtico, comprendí. Y yo también, como los de las botas Pánama Jack, me sentí enferma de ego.

*Ese gran periodista no puede decir su nombre porque, obviamente, perdería una de sus principales y necesarias fuentes de ingresos.

Fuente de información y fotografía: http://dunnodiary.files.wordpress.com

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