De camino a Marrakech, pasamos por las Gargantas del Todra, unas paredes de piedra de casi 200 metros de altitud que flanquean al río Todra, hoy casi sin agua. Estos majestuosos acantilados de agua dulce atraen a cientos de escaladores cada año.

Después, tras haber hecho noche en Skoura, continuamos nuestro viaje y realizamos una parada obligatoria en la kasbah de Aït Benhaddou. Esta fortaleza de adobe, erigida por los almorávides, ha sido declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO.
Es un impresionante pueblo amurallado, coronado por cientos de almenas con motivos geométricos, donde se han rodado películas como “Gladiator” o “Jesús de Nazaret”. Para acceder a ella hay que atravesar un río de poca profundidad, que se puede recorrer descalzo sin ningún peligro.
Dejamos atrás la kasbah y recorremos los últimos kilómetros que nos separan de Marrakech por una de las peores carreteras del país, con varios puertos de montaña. La ciudad nos recibe de noche, con su caos de coches, bicicletas, motos, carros y peatones. Es un infierno conducir en esa ciudad. Aparcamos rápidamente el coche y buscamos un albergue donde pasar la noche cerca de la plaza Djemma-el-Fna. Existen cientos de hostales a buen precio, el problema es la disponibilidad de las habitaciones, por lo que resulta conveniente reservar, sobre todo si se va en fin de semana.
Esta plaza es uno de los lugares más turísticos de la ciudad. Concentra a multitud de puestos de vendedores ambulantes de todo tipo, pero también a encantadores de serpientes, mujeres que pintan tatuajes de henna, músicos, etc. En sus soportales cobija numerosos restaurantes para todos los gustos.
Cerca de allí encontramos La Koutoubia, la mezquita más grande del país, con el minarete más importante de la ciudad, de 77 metros de alto, que fue construido en el siglo XII. Ningún edificio de Marrakech puede superarlo en altura. Muy cerca de la mellah (el barrio judío) aparecen las Tumbas Saadíes, descubiertas en el siglo XX, aunque se construyeron en el siglo XII.
Si tenemos tiempo, podemos visitar el Palacio de la Bahía, un impresionante palacete repleto de mosaicos, vidrieras, fuentes y ricos artesonados que utiliza el actual monarca con frecuencia para cobijar fiestas multitudinarias, y la Madrassa Ibn Yousuff, una escuela coránica que estuvo funcionando hasta los años sesenta.
Por último, debemos acudir a los famosos zocos, similares a los de Fez pero mucho más amplios, limpios y con muchos más turistas y menos población autóctona. Son callejas repletas de puestos, agrupados según los productos que venden. El regateo es básico a la hora de comprar. Los tenderos nos pedirán, como mínimo, el doble de lo que en verdad vale el producto, así que no tenemos que amedrentarnos y debemos pelear hasta conseguir el precio justo.
Tras más de 1.500 kilómetros de viaje, sin pisar una sola autovía, nos despedimos de Marruecos. En el tintero nos quedó Essaouira, un pueblecito de pescadores al oeste de Marrakech, que es la delicia de los surfistas.
Fuente de la fotografía: tripadvisor.fr
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