“Está muy cansada y un poco asustada”, me dijo su ayudante, “pero aún así le ruega que vaya a verla al hospital”. Me di cuenta por su tono que me invitaba por compromiso porque sabía que estaba en Casablanca sólo para conocer a Aïcha, y les respondí que no hacía falta. A los dos minutos, el teléfono sonó y Aïcha en persona me susurró con la poca voz que le había dejado el cáncer: “Vamos a dejar las cortesías para la gente que tiene tiempo”.
Me recibió incorporada en la cama del hospital como si estuviera en su despacho. Movía las manos, perforadas de tubos, para describirme la nueva guardería, los cambios que habían introducido en la organización, la historia de las nuevas mujeres embarazadas y abandonadas que habían llegado a Solidarité Feminine, para escapar de la marginación y hasta del hambre.
“Ahora muchos hombres marroquíes fingen haber evolucionado, ser más liberales, más igualitarios con sus novias hasta que tienen sexo con ellas. Sin embargo, cuando se enteran de que están embarazadas, se desentienden. Algunos lo primero que hacen es darles una paliza. Así se evitan las palabras. No tienen que decir, por ejemplo, ‘te abandono’”. Pero ahora, al menos los de Casablanca, sí que tenían que rendir alguna cuenta. Un grupo de trabajadoras sociales de Solidarité Feminine, me contó Aïcha, se encargaban de pelear por la identidad del niño, investigaban, visitaban a la familia del padre, le sacaban los colores. Lograban, en definitiva, un futuro para él en forma de apellido.
Se calló de pronto porque estaba un poco mareada. Pidió un espejo y su bolso de maquillaje. Se quitó un cerco oscuro que le había dejado el rimmel. Después se arrancó el gorro verde de hospital y se puso su pañuelo sobre sus escasos cabellos. Le iban a regañar, claro, pero mientras tanto.
Me dijo con quién podía hablar para mi reportaje. Me contó que antes las mujeres eran más comunicativas, pero que ahora había una ola de integrismo, a la que no quería enfrentarse el monarca Mohamed VI. Que no eran pocas las mujeres que recibían insultos en la calle, que a una le habían quemado la semana anterior el kiosko de frutas que había puesto con su ayuda. Ella, Farida, solía tener un gran don para contar su vida, pero ahora estaba aterrada, así que tendría que ir despacio. Me reveló que lo tendría todo resuelto con los críos si conquistaba a Mahmud, el más guerrero, el de las cicatrices en las rodillas, el jefe de ese clan de niños sin padre que podrían haber estado trapicheando en cualquier rincón si no hubiera sido por Aïcha.
Se calló de pronto como quien se acuerda de algo inconveniente. Se volvió hacía su ayudante y le preguntó delante de mí si habían resuelto ya el pago del hospital. La ayudante asintió y dijo que esa misma mañana habían recibió una carta de una personalidad sumamente importante que se haría cargo de todo. “¿S.M. Mohamed VI?”, preguntó Aïcha. Yo, claro, me reí con muchas ganas de de su ocurrencia, hasta que el gesto de enfado de la asistente por la falta de prudencia de Aïcha me indicaron que había metido la pata.
*Aicha Ech-Channa fundó en 1985 “Solidarité Feminine”, una organización sin ánimo de lucro que cuida y defiende a madres solteras marroquíes y a sus hijos. Gracias a sus talleres de formación, su salón de belleza, su hamman y su panadería, las mujeres consiguen ganarse la vida.
**Las fotografías fueron tomadas por Enrique López Tapia en un viaje posterior. Aïcha, afortunadamente, ya había salido del hospital.
Fuente de información y fotografía: vocaciontemeraria.wordpress.com
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Un historia muy tierna e interesante. Gran contradicción la de Mohamed VI. Por un lado su cara más dura conocida y, por otra, un curioso respeto por esta mujer.