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Aquellos maravillosos años

caminar

Un carpesano nuevo. O ni siquiera eso. Un par de folios prestados. Un boli bic azul a medio gas. El tapón roído. Camiseta, pantalón y calzado a doc a la integración en una nueva comunidad, la universitaria.

Empezamos el curso académico y la escena se repite. Como cada año: nervios, dolor de estómago, ilusión desmedida… son algunos de los efectos del primer día de universidad. ¿Recuerdas cómo fue el tuyo? Nos podéis enviar vuestro comentario y una foto que ilustre ese primer e importante momento y haremos una recopilación y posterior reportaje.

Este es mi caso. Hace exactamente 8 años, tenía algo de sueño y de nervios. Los segundos, los nervios, estaban camuflados. Tenía la sensación de controlar todo lo que rodeaba mi persona. La maleta congestionada, una bolsa de plástico con los objetos prácticos que mi abuela me había procurado dar –aguja, hilo, un par de tiritas y un bote de Cola Cao-, una mochila gris con flores surferas -recién estrenada- y una gorra negra aceituno.

Frente a mi, madre, padre y hermanos. Y detrás, el tren. Que iba llenándose de anónimos viandantes que, como yo, partían hacia Madrid. Me despedí de la familia, de la humedad levantina y de la luz cegadora del sol valenciano.

Al subir al vagón, no tenía mucha idea de nada. Coloqué el equipaje en el parking de maletas y me senté donde el billete me obligaba a hacerlo. Junto a mi, un joven con gafas de pasta, serio y camuflado entre papeles y periódicos. Yo iba a estudiar eso, periodismo, pero en ese justo momento lo único que me interesaba era sentarme. Y me senté.

Y dormí durante todo el viaje -unas 3 horas y media-, mi cabeza sobre el hombro del joven serio y camuflado, ahora menos por los periódicos y más por mi persona.

Al llegar a Madrid, seguía sin tener ni idea de nada. Bajé del vagón y no reconocí el ruido: una especie de fusión de pasos ágiles, carros, bocinas y conversaciones… con poco espacio para el silencio. Por eso me no sentí intimidada y creí controlarlo todo… aunque seguía sin tener mucha idea de nada. Era gratificante recorrer Atocha y que nadie te mirase, rumorease, señalase con el dedo o algún gesto similar propio de una comunidad más pequeña.

Así empecé la universidad… Aunque los pies en el campus los planté días después, mi aterrizaje en Madrid fue la primera escena de mis años universitarios.

Ocho años después, exactamente hoy, no hubiese apostado por muchas cosas… Sigo sin tener idea de casi nada pero me gusta haber acertado con la carrera que escogí, con la gente que he conocido y demás cosas que darían para escribir un libro.

Fuente de la fotografía: saludparahoy.wordpress.com

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