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5. Bonita promesa

ojoManzur corrió con Sawda a cuestas, soltó una maldición y se guareció tras un viejo contenedor de basura. Una bala hirió la vieja pared del museo y salpicó polvo sobre la melena azul de Greco, que miraba hacia el callejón donde estaba el tirador.

-¿Por qué demonios se ha puesto así ese moro de mierda? -el pecho de la mujer subía y bajaba deprisa-.

-Mueve tu culito, monada, hay que salir de aquí cuanto antes -el sicario echó un vistazo por la esquina del contenedor y vio cómo Rashid y un par de yihadistas más salían a la carrera del museo-. ¿Qué pasa? ¿No te apetece dar un paseo por la ciudad?

-¿A pie?

-Pensaba que los beatos os movíais en coches H, por eso de la polución -un tiro hundió la chapa del contenedor y Manzur arrugó la frente-. ¿Puedes con la zorrita?

Greco asintió y el hombretón dejó a la chica en el suelo. Sawda tenía la cara negruzca por el maquillaje corrido y la falda mojada. Padecía la tranquilidad de la fatiga. Manzur miró fijamente a Greco y sonrió.

-Distraeré a esos inútiles un tiempo -dijo el sicario-. Coge a la princesita, rodea el edificio y hazte con el cacharro en el que han venido. Y no me la juegues, monada, o la próxima vez en lugar de arrancarte la camiseta…

Un disparo levantó chispas junto al hombretón, que se apoyó contra el contenedor, cargó la escopeta y dio una suave patada a Greco. La mujer se echó a Sawda a la espalda y miró con una sombra de duda a Manzur, una sombra que varió hacia un brillo intenso.

-No te imaginas el asco que me das, mulo- dijo Greco.

Manzur sonrió y dio un salto. Una ráfaga levantó polvo y fuego a su alrededor y el sicario esprintó por la plazuela empedrada, directo a la tapia medio caída que rodeaba el museo. El tableteo de los rifles de asalto y los estampidos de una escopeta inundaron la zona. Mientras, Greco apretó a Sawda contra su cuerpo y se precipitó pegada a la pared del edificio.

-¡Estás muerto, gañán! -chilló Rashid-. ¡Muerto!

El hombretón sintió que las piernas le fallaban y los pulmones le ardían, pero aligeró hacia la tapia. Echó un vistazo atrás ya apretó el paso. Esquirlas, tierra y trozos de metal volaban a su alrededor, y le llenaban la garganta de polvo y limaduras. Descubrió un hueco en  el muro y se lanzó a través de él.

Manzur pensó que Rashid desperdiciaba energía, concentración y tiempo en alardear. Tenía que aprovechar ese punto flaco. Además, según había visto el sicario, ahora había cuatro hombres con el yihadista, guareciéndose junto a la puerta, más dos en el callejón y otros tres en las ventanas del museo. Faltaban tres estúpidos en la cuenta. Debía de haberlos mandado detrás de Greco. Necesitaba darle tiempo a la artista.

-¡Rashid! ¿Quieres recuperar a la zorrita? Pues calla a tus marranos.

-¡Alto el fuego! -dijo el fanático. Los disparos enmudecieron-. ¿Qué quieres?

-Hagamos un trato -Manzur se asomó por el agujero de la tapia con la escopeta apoyada en la cadera-. Te damos a la chica si dejas que la monada de pelo azul y yo nos vayamos.

-¿Y perder la oportunidad de cazar al hombre del Califa? -Rashid se levantó la visera del casco de combate. Era un hombre feo, de una sola ceja y nariz afilada. Calló unos instantes-. En ese caso, todo el mundo en esta ciudad tiene un precio, gañán. Y siempre habrá tiempo para enviarte al infierno…

-El Imán debe estar muy enfadado con el jefe -cortó Manzur-. Pero eso no me incumbe. ¿Tu precio?

-¿De verdad necesitas a la del pelo azul?

-En realidad no, pero se viene conmigo. ¿Cinco de los grandes?

-Te subestimas -Rashid sonrió con malicia-. Quince.

-Creo que por ese precio, la bailarina va a desaparecer como aquel avión francés en el océano.

-No te la juegues conmigo, Manzur. Diez y no hay vuelta atrás -el yihadista apretó los labios-. A cobrar de tu moto.

Manzur percibió un suave ronroneo que fue aumentando poco a poco. Miró al cielo gris, a la hierba seca del jardín del museo y al ajado edificio. Pensó que hacía tiempo que no se tomaba un descanso de todo aquello y echó de menos un buen polvo a la luz de las estrellas, si es que alguna noche se podían ver entre la nube de contaminación.

-Yo sólo lo hago en mi moto, y sé que te va a gustar- dijo el hombretón.

-¿Qué diablos dices?

-¿Qué tal si te pago en plomo?

Un yihadista cayó al suelo con el primer tiro de la escopeta de Manzur. Con el segundo, Rashid dio una vuelta en el aire. Después hubo mucha confusión, disparos cruzados, gritos y trozos de ladrillo volando. Un Hummer chino dobló la esquina del museo sobre dos ruedas, chirriando y llevándose por delante a un par de fanáticos.

Manzur saltó a la plazoleta y corrió hacia el vehículo, que se detuvo en el centro del espacio abierto. Greco sonreía desde la ventanilla, mientras los disparos destellaban en el blindaje del Hummer.

-Ya te echaba de menos -dijo Manzur mientras subía. Cogió a la mujer del brazo y la sacó del vehículo de un tirón-. Y gracias por el taxi.

-¿Qué haces, hideputa?

-Quitarme un problema de en medio- sonrió.

-Pues tengo otro problema para ti -Greco se llevó la mano a la espalda y sacó un viejo revólver del 45-. ¿Lo echabas de menos, mulo? Además, ¿que va a ser de ti cuando llegues a un control policial del Barón?

-A veces hasta me caes bien, monada -Manzur se sumergió en los ojos dorados de Greco-. Sube.

El sicario pisó el acelerador a fondo, se llevó por delante en contendedor y dejó atrás el museo.

-No me has dicho que le pasa al moro de mierda -Greco echó un vistazo a Sawda, que dormitaba en el asiento de atrás junto a un rifle-.

-El Imán le habrá prometido a la zorrita… si se la lleva de vuelta a su territorio.

-Bonita promesa.

Una granada estalló frente al vehículo y Manzur perdió el control. Giró el volante y miró hacia la fuente de Neptuno. Sobre el carro del dios, una figura les apuntaba con un lanzagranadas.

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1 Comentario

    • RIZOS
    • el 27/06/2009 a las 8:22 pm

    Queremos más!!