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4. Un regalo de carne

corredor-oscuro-¿Tienes idea de quién viene de visita al museo?

-Una ligera sospecha, pero prefiero no comprobarla- dijo Greco.

Al final de la galería, en el hall de entrada al edificio, se oyó un estampido. Manzur se acomodó el delgado cuerpo de Sawda en el hombro y comprobó que la escopeta estaba cargada. Greco sacó un pequeño computador de bolsillo y echó a andar por un corredor lateral.

-¿De quién sospechas, monada?

-De un viejo amigo del Barón -Greco daba zancadas-. Y viejo amigo del Califa, para ser exactos.

-Eso son buenas noticias para mí -Manzur se detuvo-. Voy a saludarles de nuestra parte.

-No tienes ni idea de quiénes son.

-Los amigos del Califa son mis amigos, quesito.

-Estos no.

-No te preocupes, no te despellejaremos ni nada parecido -Manzur miró con lascivia a la mujer-. De momento.

-No iré contigo, mulo.

Una explosión resonó en el edificio y un hilillo de cal cayó sobre la frente de Manzur. El redoble de botas a la carrera inundó la galería. Zapateaban hacia el estrecho corredor en el que Greco miraba con desprecio al hombre del Califa.

-No hace falta que vayas a ninguna parte -dijo el sicario-. Ellos vienen a nosotros.

-¿Y no te preguntas por qué nos tienen localizados?

Manzur arrugó la frente y pensó en los innumerables cacharros de localización que había utilizado a lo largo de su vida. Detestaba aquellos artilugios para bobos, en los que el instinto callejero y el sentido del combate, quedaba anulados.

Con desazón, el sicario pensó que el hombre se estaba convirtiendo en un animal obtuso y tecnodependiente, que ya no confiaba ni en sus instintos primarios, ni en sus sentidos. Ni siquiera en sus intuiciones. Todo estaba programado, explicado y planificado por estúpidas máquinas que no sabían decir «te odio». La acidez del estómago de Manzur le subió a la garganta.

-¡Despierta, mulo! -Greco miró con intensidad a Manzur-. ¡Ya casi están aquí!

-Relájate y disfruta, monada.

-Hay una salida al final de este corredor, vamos.

El hombretón miró a Greco, su pelo azulado, los ojos brillantes e intensos, las curvas musculosas y las caderas fuertes. Por un instante, le recordó a un viejo amor de juventud, la Alcabalera, una chica estúpida y forzuda que se dedicaba a cobrar deudas y dar palizas para el Califa. Las cosas no habían funcionado con ella porque Manzur era demasiado independiente.

El hombretón vio en los labios de Greco un rictus de miedo y se volvió. Al fondo del corredor, entre las sombras, destellaba la mira láser de un rifle de asalto. Manzur escupió la acidez que tenía en la garganta y apoyó el cañón de la escopeta en el hombro. Sawda gimoteó y pataleó inútilmente. Greco anduvo hacia atrás en busca de cobertura.

-Deja a la chica en el suelo, gañán -dijo una voz metálica y con interferencias-. Despacio.

Un punto rojo se posó en la frente de Manzur. El sicario pensó que el sonido de aquella voz significaba una cosa: armadura de combate. Sólo había un par de tipos en la ciudad con uno de esos cacharros. Las armaduras eran un viejo proyecto de la extinta Unión Europea que hacía tiempo que los terroristas habían robado. Eran la mejor manera de luchar contra armas químicas y gases.

-Salam alaikum, Rashid -dijo el hombretón-. ¿Cómo va tu guerra santa particular?

-No lo repetiré, gañán. Deja a la chica en el suelo y desaparece.

-Está bien, canijo. Juguemos a las apuestas. ¿Qué tal si pruebas a disparar tu juguetito? Pueden ocurrir tres cosas: que me fulmines, que despaches a la niña o que nos des matarile a los dos. O también es posible que te vuele tu condenado culo yihadista con esta antigualla de cartuchos.

-No seas idiota, tengo a doce hombres rodeando este edificio.

Manzur calculó las posibilidades que tenían de salir con vida de aquella situación y echó un vistazo a Greco, que se guarecía tras una esquina.

-¿Y qué vale esta bailarina?

-Diez de los grandes- la voz del fanático era entrecortada.

-Vaya, es una pieza de caza mayor -Manzur aguantó el dolor de estómago y sonrió-. ¿Y qué tiene que ver con tu yihad?

-La recompensa la pide el Imán- Rashid empezaba a estar nervioso.

-¿Qué quiere el Guía de esta zorrita?

-Recuperar lo que es suyo.

Muchas cosas encajaron en la cabeza de Manzur. La repentina rivalidad entre el Califa y el Imán, la huida de Sawda, su estúpido comportamiento consentido. Lo que no entendía era el motivo. ¿Por qué el Califa se había hecho con alguien de la familia del Imán? ¿Acaso el Imán había traicionado al amo? Se le ocurrió una idiotez.

-Quesito -dijo Manzur volviendo la cabeza-, creo que se me acumulan las visitas a los amigos. Y dado que ellos tienen armas y tú no, la charla con el Barón se va a aplazar. No sé que va a opinar el Califa, pero seguro que nada bueno.

-¿Qué? -Rashid acarició el gatillo del rifle y deglutió bajo la armadura.

-¿Es que no lo sabías? Ahora el Califa y el Barón son muy amigos -el sicario inspiró-. De hecho, esta bailarina es un regalo para el cristiano. Un regalo de carne.

Todo ocurrió muy rápido. Rashid perdió el control, pegó un par de tiros al aire y chilló como un condenado. Manzur echó a correr y disparó la escopeta hacia las tinieblas del corredor. Sawda lloriqueó en silencio. Greco miró al hombretón con las cejas levantadas y esprintó hacia la salida trasera del museo.

La mujer dio con la puerta, la abrió de una patada y cerró los ojos. Afuera, el sol era intenso y abrasador. La calle estaba vacía y el asfalto cuarteado. En el antiguo jardín, donde antes crecía hierba, había tierra quemada. A lo lejos, entre dos edificios, vio a un tirador. Greco miró a Manzur y sonrió con desdén.

-Eres un faquín mentiroso -dijo al mujer entornando los ojos-. Pero no tan idiota como creía. Movámonos antes de que nos frían.

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