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3. Un buen comité de recepción

manzur

A Manzur le costaba creer que Greco fuera una mujer. Se pasó la mano por la frente y pensó en las habladurías acerca de cómo Greco despellejaba a matones de barrio y pichones de coche tuneado. Miró a la mujer, se quitó la chupa de motorista y se la tiró.

-Detesto a la gente con doble moral. No eres tan diferente de mi, pintora de brocha gorda -dijo Manzur. Se pasó la lengua por la sangre que le resbalaba por la cara-. ¿Cuánto te paga el Barón por cada pellejo pintado?
-Lo mismo que solía cobrar tu madre: nada -Greco se puso la chupa y sonrió con dificultad, le dolía la cara-. Hay una gran diferencia entre nosotros, mulo. El motivo. Todo son motivos y protocolos en esta mierda de ciudad. Lo que yo hago, tiene un motivo, la justicia. También tiene un protocolo, la venganza.
-O has leído muchos comics, o el Barón te ha lavado la sesera -sacudió la cabeza-. Lo mío es más sencillo: toda vida tiene un precio. Algunos pagan por quitarla, otros por mantenerla.

Sawda gimoteó en el suelo y Manzur se arrodilló junto a ella. Con una enorme mano, apartó el pelo rizado de la frente de la chica.

-Creo que va a ser mejor que sigas así de quietecita -dijo el sicario-. Además, callada estás mucho más guapa.

El hombretón recordó los enfados, relinchos y pataletas de la bailarina mimada del Califa. Era un jovenzuela descocada, que hacía y deshacía a su gusto y provocaba infinitos quebraderos de cabeza a toda la Corte. Antojos, caprichos, humor veleta. Sawda era una perla que estaba mejor encerrada en una vitrina. Exhibiéndose.

-¿Y qué quiere el Barón de mí? -Manzur miró la sala del museo, alargada y desnuda, con las huellas de cuadros en las paredes.
-Hacerte una oferta.
-¿De las que no se pueden rechazar?
-No precisamente.
-¿De cuánto hablamos?
-De tu jubilación.
-¿Y de quién?
-Del Califa.

Manzur arrugó la frente y, al cabo, soltó una carcajada profunda y grotesca. Se palmeó los muslos, se tocó el estómago dolorido por la acidez y negó con la cabeza.

-No me jodas -dijo el sicario-. Yo respiro para que el Califa respire, monada. Nada puede comprarme para que liquide al jefe. ¿Qué tal si yo te hago una oferta? Te dejaré vivir si me llevas hasta el Barón. El resto, es cosa mía.
-Eres un estúpido. El Califa está muerto de todas maneras -Greco se peinó la melena detrás de las orejas-. Lo que el Barón te ofrece es un último trabajo, una despedida y una retirada de las calles tranquila y sin sobresaltos.

La sonrisa desapareció del rostro magullado de Manzur. Despedida y retirada eran dos cosas que detestaba porque no sabía lidiar con ellas. Manzur nunca se había despedido porque no era capaz de hacerlo. Ni de su familia, ni de la furcia de su ex mujer. Ni un adiós, ni “un voy a por tabaco”. Tampoco un portazo. Sólo un tímido gesto con la cabeza y nada más. Se rascó la nuca y pensó que quizá debería visitar a esa perra de Yasmine y ver qué tal iba la hija de ambos.

Por otro lado, la idea de una retirada era un suicidio. Después de treinta años de calles, humedad, pólvora y sangre, no se imaginaba cultivando un huerto biónico, viendo pasar a las cyborg por la calle y jugando a las máquinas con un montón de viejos. Lo único que sabía y quería hacer en la vida era cumplir las órdenes del Califa, cobrar unos billetes y pasear en su chopper por Neo Madrid. Eran tres cosas sencillas, pero enormemente satisfactorias. Sin pretensiones.

-No vas a engañarme, monada -dijo Manzur. Se echó a Sawda al hombro y cogió la escopeta del suelo-. Ahora vamos a visitar al Barón, tengo que darle un recado. Y estaría bien que, de camino, me devolvieras mi revólver.
-Un último trabajo, mulo, piénsalo. Una despedida con honores y favores. ¿Qué favores te ha concedido el Califa?

Manzur calló unos instantes y no supo qué contestar. El Califa no era un hombre demasiado generoso con los suyos, a menos que fueras mujer y te dejaras tocar. En realidad, el jefe no le había concedido jamás un bien, ni le había protegido cuando las cosas habían salido mal. El hombretón sonrió y se dijo que, al fin y al cabo, cuando entró al servicio del Califa, ya sabía como era.

-¿Ninguno, verdad? -dijo Greco-. Todo el mundo sabe cómo es ese hideputa. Te promete el oro y te da el moro. Es un mentiroso.
-¿Y quién dice la verdad en esta ciudad? -Manzur empujó a la mujer con la escopeta-. Andando, que creo que ya encajan algunas piezas. Ya me contarás cómo te la jugó el Califa.

Atravesaron la sala, que olía a humedad y putrefacción, y dieron a una galería con camastros, sábanas sucias y manchas de sangre. Parecía un hospital de campaña. Más allá, un florete de luz entraba por un viejo agujero de bala y Manzur concluyó que estaban en el Prado. Los viejos contaban que, antes de ser centro de acogida de la gripe porcina, allí había estado una de las mayores colecciones de cuadros del mundo.

El sicario atravesó la galería detrás de Greco y recordó cómo el Prado había sido asaltado por las Fuerzas Paramilitares Reaccionarias, las FPR. Estos animales católicos se habían enterado de que a los enfermos de porcina se les permitía la eutanasia y habían decidido eliminar a todos los convalecientes para evitar conflictos morales.

-¿Qué pasó con los cuadros que había aquí? -preguntó el hombretón.
-Algunos están escondidos, otros perdidos, la mayoría en el mercado negro.
-El Califa tiene muchos cuadros, ahora que recuerdo.
-Y ninguno le pertenece…

Fuera del edificio sonó el ronroneo de un motor, el golpeteo de unas botas y varios chasquidos.

-¿Esperas visita?- Manzur sonrió a Greco.
-No.
-En ese caso, seamos un buen comité de recepción.

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