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2. Un bastardo beato

pistolaAsí que aquella fulana se la había jugado. Primero en la casa de putas de Vallecas, a oscuras, y ahora en aquel agujero húmedo y maloliente. Manzur asomó por la trampilla del sótano y observó a la mujer. Tenía los ojos dorados y la corta melena de un violento azul metálico. No seguía la moda neomadrileña y parecía no tener implantes cibernéticos.

La mujer estaba sentada sobre la espalda de Sawda, con las piernas abiertas y la escopeta en la mano derecha. Miró a Manzur con una mueca de desprecio.

-La rata sale de su agujero- dijo con una sonrisa maliciosa.

-A comerse un pedazo de queso fresco -Manzur sostuvo la mirada. La mujer tenía el cuerpo fibroso y la piel clara. Llevaba unos tejanos gastados y una camiseta de manga larga, ceñida y de color negro-. Y bien, quesito, ¿qué querías enseñarme?

-A cerrar la boca- apretó los labios.

La mujer dio un salto y la culata de la escopeta trazó un arco hacia la cara de Manzur. El hombretón se agachó, esquivó el golpe y embistió con el hombro. Mientras, la bailarina Sawda se agitó en el suelo e intentó chillar, pero la cinta americana que tenía pegada a la boca se lo impedía.

Manzur y la mujer rodaron sobre el piso de mármol del museo, agarrándose, forcejeando y bufando, hasta que golpearon contra un busto de piedra que había junto a la pared. La figura se tambaleó y cayó en la espalda del hombre del Califa.

-¡Me cago en el arte! -bramó Manzur. Cabreado y con la acidez subiéndole por la garganta, agarró a la mujer por el cuello. Sus manazas apretaron con saña-. Si te gustó lo de la otra noche, esto te va a encantar. ¿Sabes lo que es la necrofilia?

-Una forma… -la mujer dio una bocanada-. Una forma muy aburrida de joder. Y hoy no me apetece aburrirme contigo, mulo.

Manzur no sintió el impacto y el tirón, pero un pinchazo en la entrepierna le recordó que todavía era un hombre. La mujer le retorció las pelotas con una mano y cuando Manzur aflojó la presa de la garganta, ella le lanzó una dentellada en un carrillo. Una fuente de sangre salpicó la cara de la fulana. El sicario pensó que aquella no era una forma limpia de pelear, pero se consoló con la idea de que ya nadie actuaba limpiamente en Neo Madrid.

Espoleado por el dolor como un caballo salvaje, Manzur dio un cabezazo a la mujer. La agarró por las muñecas y volvió a atizarle en la frente, esta vez con rencor. Ella chilló y escupió en los ojos al hombre del Califa.

-Cálmate quesito, o te calmaré para siempre -Manzur sonrió como pudo, le dolía la cara-. Estaba pensando en ese culito apretado que tienes… Quizá le guste al Califa, después de todo. Le suelen poner las cerdas salvajes.

-Eso si tu Califa sigue vivo, animal -ella esbozó una mueca de dolor y Manzur le dio un lametazo en la cara-. Pronto chuparás los pies del Barón, mulo.

-¿Qué parte de tus estupideces tengo que creer? El Califa es intocable, para eso me tiene. Le tocas un pelo, te arranco la cabeza. Le tocas una uña, te arranco el brazo. Así funciona esta ciudad.

-¿Cuánto tiempo has estado lejos de su lado?

Manzur calló y apretó los dientes. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, ni cuánto había pasado en el sótano. Además de su anticuado revólver, le habían quitado el ordenador de muñeca. Por otro lado, el hombretón se jactaba de no haberse puesto jamás un condenado implante cibernético, de esos que te enchufan en la cabeza una computadora como un guisante de grande. Los chips eran para las niñas bonitas, los maricas y los débiles. Pero los chips daban la hora.

¿Y si había ocurrido algo en su ausencia? ¿Y si el Barón había lanzado un ataque contra el Califa? La Tregua de la Luna Llena estaba aún en pie, que él supiera. Califa y Barón tenían sellado un pacto de respeto mutuo y reparto de la ciudad y sus negocios. El Califa controlaba casinos, prostíbulos y mercado de armas. El Barón tenía en su poder lo que quedaba de la policía, drogas, mercados de alimentos y gasolina. Y Neo Madrid había funcionado bien con este reparto los últimos meses.

-Te voy a soltar poco a poco, y te vas a estar quietecita -dijo el hombretón-. Vamos a tener una amistosa charla y después me vas a llevar hasta el puto Greco.

-Prueba.

Manzur soltó a la mujer y se quitó de encima suya. Ella miró fijamente al hombre del Califa y, al cabo, se puso en pie. Sawda se retorcía en el suelo y Manzur la mandó callar con un gesto de desprecio.

-¿Tienes idea de quién es el Greco?

-Un bastardo beato -dijo Manzur. Se pasó la mano por el agujero de la cara y se chupó la sangre-. Un bastardo beato que me va a explicar un par de cosas.

-¿Acaso tú no piensas en Dios de vez en cuando, mulo? -la mujer dio un paso hacia Manzur con  calma- Descerrajas a una puta vieja de un tiro y no te cuestionas nada. Estrangulas a un tahúr de tres al cuarto y duermes tan tranquilo. Vendes un rifle de iones a un niño y descansas a pierna suelta. ¿No crees que Dios te está mirando con su ojo malo?

Manzur arrugó la frente, avanzó hasta la mujer y la agarró por la pechera de la camiseta. El hombre del Califa dio un tirón y se la arrancó. Sobre el cuerpo de nadadora, de tetillas puntiagudas y hombros fuertes, en una piel blanca como un cirio, tenía un enorme e intrincado tatuaje. Y en el centro de su pecho, siguiendo la línea del esternón, una gran cruz, una condenada cruz cristiana.

-Eres el puto Greco.

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1 Comentario

    • paco
    • el 14/05/2009 a las 12:27 pm

    Buen comienzo de esta historia que creo que tiene mucho de intriga. A ver como continua para mantener el nivel de intriga… por ahora engancha