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1. El asunto del Greco

Said Manzur no recordaba cómo había llegado hasta allí. Parpadeó sus ojos de color violeta y soltó una maldición, el-caballerodetestaba los imprevistos. Estaba en un cuartucho húmedo, de techo bajo e iluminado con una triste y anticuada bombilla. Ya nadie usaba bombillas, y menos para dar luz a lo que parecía el sótano de un viejo museo de arte. Tenía que salir de allí cuanto antes.

El hombretón se puso en pie, buscó sin éxito su revólver y miró un cuadro polvoriento que había apoyado en la pared. Era una escena oscura, en la que unos soldados fusilaban a un hombre vestido con una camisa blanca, y que parecía iluminado en medio de la noche. Era un hombre feo, de cejas espesas y ojos desorbitados, que alzaba los brazos con un gesto de dolor en la cara. Esa mueca invocó el ardor de estómago de Manzur.

Se sintió identificado con aquel infeliz. Se rascó la nuca y gruñó de dolor, tenía un bulto en el cráneo. Entonces recordó: alguien le había golpeado por la espalda cuando iba a… ¿Cuándo iba a hacer qué? Caminó a lo largo del sótano y pensó quiénes eran sus enemigos, qué bastardo podía haberle encerrado en aquella ratonera. La lista era tan larga que se desorientó, tropezó con un cuadro y clavó la pierna en el lienzo. Era la pintura de un gigante horrendo devorando a unos niños. Manzur estaba cabreándose como aquel salvaje.

Sacó la bota negra del cuadro, se secó el sudor de la cara con la mano y meditó los motivos por los que podían haberle encerrado. No dio con ninguno relacionado con pinturas, antiguallas y piezas de museos cerrados hace décadas. «El Califa sabría», se dijo. Pero el Califa debía estar en su sala del trono, en el ático de la Torre Florentina, la más alta de Neo Madrid, esnifando hormigón y jodiendo con bailarinas.

-El asunto del Greco- gruñó Manzur.

Y recordó que, hacía tiempo, el Califa le había encargado el robo de una rancia reliquia. Era el horrible retrato de un hombre con bigotes y una mano en el pecho. El Califa quería aquella pintura porque se parecía al hombre de la imagen. Tiró de aquel hilo de recuerdos y el nombre del Greco no dejó de dar vueltas en su cabeza. Quizá ese bastardo estuviera cobrándose el precio del lienzo robado sobre el que ahora el jefe se pintaba las rayas.

Tenía que salir de ese cuartucho inmundo. El Greco era un sicario del Barón, el enemigo del Califa. Según decían algunos, el Greco arrancaba la piel a la gente y pintaba escenas religiosas en ella. Una costumbre que Manzur no quería comprobar. Oteó las paredes del sótano y no encontró nada parecido a una puerta o una rendija. El cabreo, el ardor de estómago y el asfixiante calor estropearon lo poco que quedaba de su humor.

Tampoco había conductos de ventilación. Sólo una estrecha trampilla en el techo. Manzur la empujó, pero no consiguió nada. Se quedó quieto, contuvo la respiración y aguzó el oído. Lo único que percibió fue el golpeteo suave de las patas de una rata. Descuartizaría esa rata a mordiscos con tal de salir de aquel infecto sótano.

Manzur orinó sobre el cuadro del fusilamiento y se dijo que en nada se parecía al retrato del Califa. Mientras mojaba el lienzo supo porque los museos habían cerrado en la ciudad: era aburrido mirar cuadros que uno no entiende. El crujido de unas pisadas en el techo le cortó el chorro de orina. Enfundó y esperó.

Alguien abrió la trampilla y la boca de una escopeta asomó por el hueco.

-Es hora de visitar el museo -dijo una mujer-. Bajaré la escala y vas a trepar despacio y sin hacer estupideces. Procura no comportarte como el mulo que eres, y no te volaré las pelotas.

-Aquí abajo se está muy bien -dijo Manzur-. Sólo falta un agujero para mear. Una lástima por el cuadro.

-Por tus pelotas, espero que no le haya pasado nada a ninguna pieza.

Junto a la escopeta apareció una melena, pero Manzur no pudo ver la cara de la mujer.

-Sólo un par de bajas -dijo el hombretón-. Daños colaterales.

El cañón apuntó a Manzur.

-Tienes dos opciones, monada. Pegarme un tiro o bajar a sacarme. Con la primera, pierdes el negocio y tu jefe te manda a paseo. Con la segunda, caerás bajo mis encantos.

-Esto no es un negocio, es una diversión -la mujer habló deprisa-. Una clase de arte gratis. Para que entiendas la crucifixión antes de que te la pinten en la piel. Ven aquí, mulo.

-Dile al Greco que me puede pintar la cruz en la polla y le sobrará pellejo.

La mujer calló unos instantes, dejó caer la escala de madera y aguardó.

-Te espero aquí sentada -la mujer gruñó algo ininteligible y continuó-. Sentada sobre una putita de ojos grises.

Manzur recordó esos ojos grises. Sawda, la bailarina favorita del Califa, una niñita de dieciséis años. De pronto, todo encajó. La voz de la mujer, Sawda, el Califa. El jefe le había mandado encontrar a Sawda y traérsela de vuelta, pues se había escapado del Club. Y Manzur la había encontrado en una casa de putas del distrito de Vallecas.

Era un prostíbulo oscuro y cargado de humo. Un antro para yonquis y soplagaitas en el que se había divertido con una fulana mientras esperaba a Sawda. Pero le habían engañado. La fulana era la que había pasado un buen rato con él y podría volver a hacerlo, porque tenía la misma voz que la mujer de la escopeta. Manzur no recordó si era atractiva, pero tampoco le importaba.

El hombretón meditó en las posibilidades que tenía de escapar y, con una sonrisa, salió del sótano.

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