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Versión íntegra de «Cacareos a las tres»

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gallo03El cacareo de un gallo explotó en la habitación. «¿Dé dónde ha salido ese gallo?», pensó Tristán malhumorado mientras se desperezaba.

A ciegas, Tristán buscó el interruptor de la lamparita. Pero su mano ni siquiera encontró la mesilla. «¿Estaré tumbado boca abajo?», pensó.

Decidió levantarse y dirigirse hacia la ventana para ver si había amanecido. Intentó descorrer las cortinas pero éstas habían desaparecido.

«Quizá Julita las echó a lavar ayer, aunque yo juraría que anoche estaban puestas», pensó Tristán mientras trataba de subir la persiana.

Tampoco estaba la cuerda de la persiana. Los dedos de Tristán comenzaron a recorrer despacio los bordes de la ventana.

«Esto no es aluminio», exclamó en voz alta para ahuyentar la extraña sensación de miedo e impotencia que comenzaba a anudarse a su estómago.

En lugar de la suavidad del aluminio blanco de Climalit, Tristán se encontraba ante unas rústicas contraventanas de madera.

Empujó con suavidad las hojas y un tétrico chirrido acompañó a su movimiento. Sin dejar de temblar, Tristán se asomó a la ventana.

La noche le dio una bofetada. Segundos después, Tristán tuvo que agarrarse al alféizar para no caerse. Un nuevo cacareo del gallo le asustó.

Tristán miró su reloj. Eran poco más de las tres de la mañana. «¡Pero si es de noche! ¿Por qué demonios cacareas?», gritó furioso.

Sin entender qué había pasado con su ventana ni de dónde había salido ese gallo trasnochador, decidió volver a la cama y dormir un rato más.

«Seguro que todo es una pesadilla. Estaré soñando. Anoche cené mucho y eso no es sano», dijo en voz alta mientras se tumbaba en la cama.

Notó el colchón más blando y bajo que de costumbre, pero decidió no pensar más y, simplemente, cerrar los ojos hasta conseguir dormirse.

Lo último que escuchó justo antes dormirse fue un nuevo cacareo de un gallo. «Sólo eres fantasía. Habrás muerto por la mañana», musitó.

Mientras dormía, Tristán soñó que un enorme gallo con un reloj en el pico entraba por la ventana de la habitación y le observaba.

El gallo comenzó a acercarse a la cama y Tristán, asustado, se escondió bajo la sábana. El enorme animal seguía ahí, esperando.

De repente, el gallo comenzó a mover las alas para después quedarse completamente erguido y emitir un estridente cacareo. Tristán gritó.

«¡Agua va!», escuchó. Ese grito le despertó. Abrió los ojos. Había amanecido. Ni rastro del enorme animal. Pero eso no le tranquilizó.

Se encontraba en una estancia vacía con las paredes grises. Eran gruesos muros de piedra. Tristán miró al suelo.

Tablas de madera sin ningún tipo de brillo o acabado, de tamaño irregular, conformaban la superficie de la habitación.

Tristán cerró los ojos, contó hasta cien, despacio, muy despacio, y los volvió a abrir lentamente. Ahí seguían los muros de piedra.

Comenzó a pellizcarse con dureza el antebrazo izquierdo. Le dolía, mucho. No estaba dormido. Dejó caer su cabeza y reparó en su cama.

Era un jergón de paja tirado en el suelo, sin sábanas ni mantas. Miró hacia los lados. Ni rastro de las dos mesillas de noche.

Sin saber qué hacer, Tristán comenzó a llorar. Las lágrimas se mezclaban con temblores esporádicos. De repente, paró.

«¡Agua va!», volvió a escuchar. Como activado por un resorte, se dirigió hasta la ventana, de madera tosca, como el suelo.

El sol entraba por las rendijas. Tristán empujó las hojas y de nuevo tuvo que agarrarse al alféizar para no caer por la borda.

«¡Santo Di…!» murmuró, pero no fue capaz de terminar la frase. Un auténtico mercado medieval se mostraba, insolente, ante sus ojos.

Había puestos de pescado, frutas y verduras, carne, venta de loza, niños corriendo, mujeres llevando cubos de agua, burros caminando…

El sonido de su reloj digital de muñeca espabiló a Tristán. «Son las diez», exclamó. «Menos mal que no me lo quité antes de acostarme».

De un salto, se plantó en plena calle y sonrió. Estaba descalzado. No le importaba. Los niños que corrían también lo estaban.

¿Por qué lleva esa ropa tan rara?», le preguntó un niño raquítico de unos diez años. Tristán se observó. Estaba en pijama.

«Es que voy disfrazado», le contestó. «Ah», le respondió el niño, y salió corriendo. «¡Espera!», gritó Tristán. «Tengo hambre».

«Pues sígueme», le contestó el niño sin dejar de correr, adentrándose en el mercado. Tristán decidió seguirle. ¿Qué otra cosa podía hacer?

El muchacho se detuvo frente a un puesto de pan. Aprovechó un despiste del tendero para robar dos panecillos, que arrojó a Tristán.

Justo entonces, el tendero vio los dos panecillos volando. «¡Al ladrón'», gritó, y Tristán y el niño empezaron a correr.

Cuando vieron que ya nadie les seguía, se detuvieron en una fuente, lejos del mercado. «¿Por qué has hecho eso, niño?», preguntó Tristán.

«Me llamo Lázaro, como mi padre», repuso él. «Ha dicho que tenía hambre, ¿no? Pues algo tendrá que comer, digo yo», añadió.

«Pero robar es un delito, Lázaro», contestó Tristán, completamente extenuado tras la carrera. «Toma, bebe un poco de agua».

«¿Quieres conocer a mi padre?», le preguntó Lázaro, mientras comenzaba a caminar. «Por qué no», le dijo Tristán, y le siguió.

Se detuvieron frente a una herrería. En ella vieron a un anciano trabajando penosamente en el yunque. «Es mi padre», dijo Lázaro.

«Padre, traigo a un amigo que nos puede ayudar», explicó el niño al anciano mientras entraba en la herrería. Tristán le siguió.

El anciano le miró. «¿Le gustaría ser mi aprendiz? Pronto moriré y alguien tiene que ocuparse de la herrería hasta que Lázaro aprenda»

El pequeño Lázaro miró anhelante a Tristán y le dio la mano. Sus ojos seguían escrutando su cara. «Le gustará el oficio», le indicó. Sonrió.

Tristán miró a su alrededor. Había cestos con espadas y herraduras y una especie de abrevadero para refrescar los objetos recién creados.

De repente, el gallo volvió a cacarear. «Qué pesado el gallo cegato», exclamó el niño. «¿Cómo», preguntó intrigado Tristán.

«Es el gallo de Eusebio, el pescadero. Nació sin ojos y no hace más que cacarear día y noche. Con él no hay quien duerma», dijo el anciano.

«¿Entonces se queda con nosotros?», preguntó el pequeño Lázaro. «La verdad es que siempre quise ser artesano», contestó Tristán y sonrió.

«Pues no se hable más, pero haga el favor de quitarse esa ropa tan rara que lleva, no me vaya a asustar a la clientela», repuso el anciano.

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