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Patxo

Hola, soy Patxo. Tú no me conoces pero, en verdad, todas las noches te vienes conmigo a la cama. La primera vez que te vi yo salía del banco, de realizar una transferencia para uno de los cursos de inglés de mis hijos, y tú estabas allí, apoyada en aquel coche rojo, como tu falda, esperando a alguien, con un libro entre las manos. No lograba separar mi mirada de tu cuerpo, por lo que te diste cuenta de que alguien te observaba.

Entonces levantaste la vista del libro y me miraste. Como mis ojos seguían sin abandonarte, me dedicaste una tímida sonrisa, y seguiste con tu lectura. Entonces sentí el impulso de acercarme a ti, y eso hice.

Deseaba quitarte el libro, dejarlo en el capó del coche, rodearte la cintura con mis brazos y anudarme a tu boca. Pero justo cuando estaba a tres metros de tus caderas, él se acercó a ti. Yo paré en seco y seguí observando.Cuando le viste, en un segundo colocaste el separa páginas en su sitio, cerraste el libro y te pegaste a su cuerpo como un tatuaje, mientras tus brazos se colgaban de su cuello y tus labios sonrientes se mezclaban con los suyos.

En ese momento en que le abrazaste a él, al otro, cuando apenas estabas a dos metros de mis brazos, aunque en realidad te sentía a ocho millones de años luz, entonces mi corazón dejó de bombear y la certeza de tu ausencia presente y futura me provocó pinchazos por todo el cuerpo. Tú no te diste cuenta, ni él tampoco, pero tuve que retroceder cinco pasos, hasta apoyarme en la fachada del banco, para no caerme y coger aire. Mientras lo hacía, no podía dejar de miraros, de mirarte, y de odiarle. Habías sido mía durante cinco segundos y ahora era él quien se llevaba el botín de besos y caricias.

Fuente de la fotografía: http://nycpublishers.org

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