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Poseída

lluvia

Estaba tan absorta aclarando las copas de coñac que no se dio cuenta de que había comenzado a llover. Sólo un relámpago logró separar su mirada del jabón y el agua del fregadero. Al ver el resplandor en el cielo, cerró el grifo, dejó la copa a medio aclarar en la pila junto con el resto de la loza, se secó las manos con un paño y con una sonrisa, desapareció de la cocina.

Permaneció quieta unos instantes en el porche, junto a las macetas de geranios y nomeolvides. «La ira de Dios», susurró al observar cómo las nubes cada vez arrojaban más y más agua. Entonces se descalzó, se quitó el delantal y el pasador plateado que recogía su tórrida melena anaranjada. Estaba lista. Dio tres pasos, entreabrió la boca y dejó que el agua la poseyera como nunca antes nadie lo había hecho.

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