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Un aniversario wagneriano

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El Maestro López Cobos demostró dos cosas el día de su 69 cumpleaños: que su batuta está en forma, y que la Orquesta Sinfónica de Madrid es una formación versátil y talentosa. El Maestro condujo a la formación orquestal más antigua de España a través de dos diferenciadas y emotivas partituras de Richard Wagner. El público, entendido y entregado, celebró el aniversario con calurosa ovación en el madrileño Auditorio Nacional de Música.

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En la primera parte de la noche wagneriana el Maestro deleitó al auditorio con la Sinfonía en do, obra de juventud del genio germano. La partitura fue concebida en 1832 y estrenada en el veneciano Liceo de San Marcelo. Wagner la compuso en homenaje a su mujer. Como el mismo autor descubriría después, la única sinfonía del germano es una obra menor, considerada por algunos mediocre, si se compara con otras piezas.

López Cobos, a la sazón Socio de Honor de la Asociación Wagneriana de Madrid, supo realzar esta lozanía de la composición y, de paso, zambullirse en una particular Fuente de la Eterna Juventud. Quizá la cuarta y última pieza interpretada, el Allegro molto e vivace, sea la que mejor definió esta primera mitad del recital: un preciso estudio del contrapunto.

Todo cambió tras el descanso. Público, orquesta y Maestro, se unieron en la fiesta épica de El anillo del Nibelungo. En tiempos de Wagner habría sido pecaminoso interpretar hojas sueltas de la partitura, pero mientras que las modas varían, la música perdura. La Cabalgata de las Valquirias, poderosa y arrolladora como los helicópteros Huey de Apocalypse Now, no fue del todo satisfactoria. La excesiva presencia de los metales desmereció ligeramente la energética dirección de López Cobos.

El vigor, la guerra y la heroicidad dieron paso a la calma. La despedida de Wotan fue absolutamente conmovedora, plácida y llena de matices melancólicos. Wotan dejó a Brunilda dormida. El crepitar del fuego, el chisporroteo de los flautines y el fulgor de las arpas iluminaron el sueño de la mujer. Y la pieza se extinguió en un amplio acorde.

Más tarde, Sigfrido se adentró en la foresta y Los murmullos de la selva resonaron en el Auditorio. Un fragmento sereno, espeso, suspendido por el canto de un pájaro en forma de flauta y una quietud sonora que fluyó como el aire en los bosques germanos.

Tras la placidez, el héroe dio un salto de partitura, y la representación pasó al último acto de la épica tetralogía, El crepúsculo de los dioses. La audiencia aceptó El viaje de Sigfrido por el Rhin como un periplo guerrero, heróico y sensual. El Maestro López Cobos supo aprovechar este movimiento y dinamizar el recital, animando a los asistentes durante el tramo de navegación, hasta la sombría llegada a las orillas del río que anticipó el drama.

La Marcha fúnebre estuvo marcada por unos timbales apasionados y entusiastas, pero profundamente dramáticos, que convirtieron a esta penúltima pieza de la noche en una verdadera tragedia. El traslado del cadáver del héroe, el magnífico resumen orquestal de su vida y la vehemente frase de vientos preparó al público para la todavía más triste despedida.

El programa se despidió con La inmolación de Brunilda. De nuevo el fuego, la destrucción, la pasión y el desconsuelo irrumpieron en el Auditorio, que ascendieron majestuosamente hasta la muerte. Una muerte desenfrenada, ardiente y que repitió una idea en el entregado público: el Destino es trágico e inexorable.

Fuente de la fotografía: fundacionprincipedeasturias.org

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