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Chiapas: en la Selva Lacandona I

Allá donde la vegetación se traga carreteras, los monos aullan, las zariguellas apestan, la cocacola es más barata que el agua potable y algún día se hará justicia.

El viaje a la Selva Lacandona, en Chiapas, me lo pasé discutiendo sobre los límites de las ciencias sociales y el independentismo, fue terrible, pero aún así logre darme cuenta de que en ella latía algo especial. La oscuridad, el sonido de las hojas y los bichos, el frijol con huevo y pollo, las cascadas, la lengua chol que percute en las gargantas…

Las patrullas militares dejaban claro que aunque no había guerra con el EZLN (después de 1994, alguna vez la hubo?) el territorio era un estado sitiado aunque contestado con valentía. No era raro ver una pequeña comunidad con el cartel «este es territorio zapatista» frente a un acuartelamiento provisto de armas hasta los dientes. Y es que este lugar se dio a conocer al mundo no por su biodiversidad, no por la rapiña de las madereras, de las petroleras, no por el tráfico de drogas y personas con la frontera guatemalteca, no por ser un enclave de la civilización maya, sino por las palabras que otrora pronunciara el sub recuperando, entre otros, el popol-vuh: «en lo profundo de la selva Lacandona, siete vientos y siete mares….»

La ruta hacia Miramar

Nosotros traíamos pasaporte y pasamos, educados, todos los retenes. Recorrimos sin parar la ruta que separan San Cristóbal de las Casas y Toniná de la laguna Miramar, ya muy cerca de los montes azules. Los caminos de tierra habían sido devorados por las raíces de las ceibas, las lluvias torrenciales de la estación húmeda los habían hundido. En un landroover de los años 80 ¡y a la vertiginosa velocidad de 15 km/hora! era como si quisiéramos dar parte de su estado. Más nos habría valido un caballo, pero al menos allá dentro se podía dormir protegido de los mosquitos.

La laguna Miramar, cerca de Zapata y San Quintín, fue un paraíso. Aguas azules, arenas blancas, plantas y silencio a veces roto por el sonido de los monos aulladores o algún viajero desnudo que se levanta del bungalow. (En Zapata hay un proyecto ecoturístico con muchos más bungalows)

Tomamos un guía que nos llevó en cayac hasta la cueva de los murciélagos y la del indio, era pequeño y ágil, con un machete iba cortando la vegetación y abría paso por las rocas. Llegamos a lo alto de un monte y pudimos en sus faldas la laguna de los cocodrilos. Sus aguas son marrones, sus peces peores, los indígenas de la zona apenas se acercan a ella. El sol ya menguaba, la selva, de tan bella, se atoraba en la garganta pero la laguna de los cocodrilos se me antojaba un punto inquietante. El contraste entre la selva quieta y aquel infierno de piernas masticadas era onírico. A mi espalda había una fortaleza de piedra. «La descubrimos hace poco», comentó el guía, dando por supuesto que toda la reserva esta llena de santuarios mayas.

Continuará…

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2 Comentarios

    • anonimo
    • el 27/09/2009 a las 9:53 pm

    no disen lo que se pide

    • Natascha
    • el 28/09/2009 a las 3:13 am

    Lo que se pide?
    Del movimiento?